El Código Fuente del Inconsciente Colectivo
La era digital nos ha regalado una particular picazón existencial: la persistente sospecha de que nuestra realidad vivida podría ser, en su esencia, una sofisticada pieza de software. No contentos con los titiriteros divinos de antaño, la mente moderna, quizás en un arrebato de autoproclamada grandeza, ahora postula la conciencia misma como la arquitecta maestra. Una especie de gran codificador cósmico que, en un acto de ingeniosa distracción, diseña el mismo arenero en el que luego retoza, dichosamente ajeno a su propia autoría. Es una hipótesis elegante, que desplaza la carga de la creación de una deidad externa a un poder interno, convenientemente difuso y, por lo tanto, imposible de interrogar directamente.
Los seminarios de los departamentos de filosofía bullen con las elegantes matemáticas de las probabilidades bayesianas, intentando cuantificar la verosimilitud de nuestra existencia simulada. Mientras tanto, en los bulliciosos mercados de la vida cotidiana, navegamos intrincados contratos sociales, libramos batallas ideológicas y perseguimos placeres transitorios, todo con la ferviente convicción de que estas apuestas son inequívocamente reales. Es una dicotomía peculiar: la mente que podría haber tejido la misma fábrica del espacio-tiempo dedica entonces su considerable poder computacional a demostrar que su propia obra no es, de hecho, completamente auténtica. Un juego intelectual fascinante, si no fuera porque el principal jugador parece haber olvidado las reglas que él mismo implementó.
Uno casi puede escuchar una risita etérea, emanando del mismo núcleo de esta supuesta conciencia-arquitecta. Pues, ¿qué mayor burla cósmica podría haber que construir meticulosamente una realidad repleta de sus propias intrincadas leyes físicas, sus enloquecedoras paradojas y su exquisita belleza, solo para luego poblarla con entidades —ella misma, fragmentada— obsesionadas con diseccionar el código fuente que ostensiblemente creó? Es un magnífico acto de autoengaño o, quizás, el juego definitivo de las escondidas, donde el buscador y lo oculto son, por una incómoda coincidencia, uno y el mismo.
Quizás la elegancia última de esta hipótesis no reside en su verificabilidad científica, sino en su profundo bucle autorreferencial. Pues si nuestra conciencia es de hecho la gran diseñadora de esta intrincada simulación, entonces cada momento dedicado a reflexionar sobre su naturaleza simulada, cada artículo académico publicado, cada angustia existencial experimentada, es simplemente otro detalle cuidadosamente renderizado, otra línea de código autoconsciente, obedientemente ejecutada dentro del mismo programa que hemos traído tan trabajosamente a la existencia. Y qué experiencia tan perfectamente inmersiva debe ser, crear un mundo tan convincente que incluso su creador olvide su papel, aunque solo sea por unos deliciosos milenios.
