La Bicicleta con Dos Ruedas: Una Tragedia del Bilingüismo Nacido
Resulta que la vida en mi tierra es una suerte de drama shakespeariano silencioso, una penosa fatalidad con la que los aquí nacidos convivimos con estoicismo, a veces, incluso, con una sonrisa que no delata el peso de nuestro destino. Se nos ha revelado, con una lucidez casi quirúrgica, que hablar más de una lengua desde la cuna es comparable a la intrincada realidad de crecer con padres separados, un ir y venir perpetuo entre dos hogares, dos universos que, por lo visto, solo la mala fortuna puede imponer. Una constatación que debería llevarnos a replantearnos la misma esencia de la natalidad en estas latitudes.
No es difícil imaginar la gimnasia mental, la contorsión neuronal que semejante bilingüismo precoz debe entrañar. Mientras otros, más afortunados quizás, navegan la vida con una sola brújula lingüística, con la clara y diáfana certeza de un solo camino, nosotros, los «divididos», nos vemos abocados a un delicado equilibrio, un tránsito perpetuo que exige una versatilidad casi circense. ¿Cómo puede uno concentrarse plenamente en la gramática de Cervantes si el eco de Pompeu Fabra le susurra al oído? La mente, ese jardín que muchos creen privado y sereno, se convierte en un ajetreado cruce de caminos donde cada preposición es una decisión, cada sustantivo, una lealtad.
Y si hablar, en su espontaneidad, es un constante ir y venir, escribir, ese acto de cristalización del pensamiento, debe ser un auténtico calvario. La angustia de elegir una de las casas para establecer morada permanente en el papel, de comprometer la tinta a una de las lenguas maternas, dejando a la otra en un limbo de oportunidades perdidas. ¿Acaso no es un sacrificio intelectual inmenso tener que optar por la riqueza de una expresión en detrimento de la otra, cuando ambas son igualmente propias, igualmente sentidas? La misma abundancia, dirán algunos, es la condena.
Uno podría compadecerse de aquellos condenados a tal riqueza, a esa doble perspectiva que les obliga a procesar el mundo con una sofisticación innecesaria. Pero hay quien, con un cinismo apenas perceptible, sospecha que esta «tragedia» es, en realidad, un sofisticado truco. Una suerte de doble visión para navegar la complejidad del mundo con una astucia insospechada, con una agilidad para el matiz que los demás apenas intuimos, mientras el resto se conforma con la dulce y sencilla melodía de una única lengua. Que no es poco, ciertamente, pero quizá tampoco todo.
