La Dulce Carga de la Eterna Primavera Japonesa
Japón, faro de la longevidad, nos ha acostumbrado a récords que invitan a la admiración y, a veces, a una envidia no tan contenida. Su población, que parece haber descifrado el código genético de la juventud prolongada, nos ofrece estadísticas vitales que son el sueño de cualquier demógrafo occidental. Sin embargo, incluso los faros proyectan sombras, y en la penumbra de su envidiable estadística vital, emerge una narrativa que invita a la reflexión, si no al escalofrío: la de los hijos (ya ellos mismos octogenarios o nonagenarios) que, exhaustos, deciden poner fin a la existencia de sus padres centenarios, víctimas de una fatiga del cuidador que ha trascendido los límites de lo imaginable.
Es una imagen digna de un ensayo filosófico sobre la carga de la virtud. El país que nos maravilló con su tecnología punta y su respeto ancestral por los mayores, parece haber alcanzado un cenit donde la piedad filial se transmuta en una especie de cadena perpetua para los ya no tan jóvenes cuidadores. Cuando la labor de «cuidar» se prolonga décadas y el «cuidador» necesita, él mismo, asistencia para levantarse, la línea entre el amor y la imposición se vuelve, si acaso, un difuso eco. La ausencia de una red de apoyo estatal robusta no es ya una deficiencia, sino casi una premisa de un drama existencial donde la vejez del protegido se topa con la aún más insostenible vejez del protector.
Podríamos, con cierto cinismo, observar que esta es la culminación lógica de un sistema que idolatra la autonomía individual y la responsabilidad familiar hasta sus últimas consecuencias. Es como si, al prolongar la vida más allá de lo previsible, la sociedad hubiera delegado en el individuo una tarea que, por su propia naturaleza, desborda los límites humanos. No es una cuestión de amor o desamor, sino de matemáticas puras: ¿cuántos años puede un cuerpo envejecido, un espíritu agostado, sostener otro, esperando una liberación que el progreso médico se empeña en posponer indefinidamente? Una «solución» privada a un problema sistémico que nadie parece querer abordar con la envergadura que merece.
Y así, mientras otros países se afanan en «exportar» el modelo de longevidad japonés, quizás deberíamos prestar atención a su menos publicitado «paquete completo». Porque, al final, cuando el Estado no proporciona los recursos, o la sociedad no concibe la ayuda, algunos hijos encuentran su propia y desesperada interpretación de la piedad filial, una que, curiosamente, garantiza que tanto el cuidador como el cuidado «descansen en paz» – a la japonesa.
