El Arte Subtil de la Prórroga Improrrogable
El calendario político, esa caprichosa deidad que rige los destinos de nuestros pactos y promesas, nos ofrece una vez más un espectáculo digno de los mejores dramaturgos. El año 2025 se alzaba en el horizonte como un hito «improrrogable» para la transferencia de una veintena de competencias al PNV, un compromiso rubricado con la solemnidad que solo el BOE puede conferir. Sin embargo, la noticia de que ni siquiera cinco de esas materias, ya apalabradas con la precisión de un notario, verán la luz a tiempo, nos revela una vez más la fina orfebrería de los plazos en la política española. Un clásico contemporáneo, diríamos.
La relación entre el presidente Sánchez y el PNV parece haber entrado en una fase donde el «agrietamiento» es menos una catástrofe y más una coreografía habitual. La solicitud de Esteban de una «escenificación de un compromiso político» antes del 31 de diciembre suena a esa petición de un gesto, de un guiño de complicidad, cuando el verdadero festín de los hechos se retrasa indefinidamente. Es como pedir la partitura de una sinfonía que, sabemos, se interpretará en algún momento, quizás, pero cuya fecha real de estreno es un secreto celosamente guardado en los anales de la elasticidad gubernamental.
Porque, admitámoslo, la categoría de «improrrogable» en el lenguaje político posee una elasticidad semántica que haría sonrojar a cualquier físico. No se trata de una fecha límite en el sentido mundano, sino más bien de una invitación a la reflexión, a la negociación perpetua, a la confirmación de que la danza de las competencias es un vals que no conoce el punto final. El PNV, en su pragmatismo legendario, sabe que la frustración es a menudo el preludio de una nueva ronda de concesiones, o al menos, de una nueva promesa que alimente la expectativa.
Así las cosas, en este baile de traspasos que permanecen en el aire, quizás el verdadero arte no resida en el cumplimiento estricto del calendario, sino en la gestión magistral de su incumplimiento. La veintena de traspasos «en el aire» no son un fracaso, sino un testimonio elocuente de la vitalidad del diálogo, de la eterna posibilidad de seguir negociando y, por qué no, de la astucia de un presidente que prefiere mantener la baraja de las promesas siempre a mano. Al fin y al cabo, ¿qué sería de la política sin esos pequeños grandes dramas que nos mantienen a todos expectantes ante el próximo acto? El 2025, sin duda, será un año inolvidable para la gestión de las expectativas.
