Existe un lamento recurrente en los corrillos, tanto académicos como sociales, sobre la vertiginosa aceleración del calendario a medida que se acumulan las décadas. Pero quizá no sea el universo el que ha recalibrado su cronómetro, sino nuestra contabilidad interna. No es que el tiempo se diluya más rápido, sino que nuestra capacidad para la autoengaño sobre su infinita disponibilidad se desvanece. Al cruzar cierto umbral de experiencia, el tiempo deja de ser una abstracción generosa para transformarse en un presupuesto existencial, una divisa no renovable cuyo balance mengua con cada tic-tac, y de la que ya no estamos dispuestos a desprendernos con la ligereza de antaño.
Es en esta epifanía donde la estupidez, antes un fastidio tolerable o incluso una curiosidad antropológica, se convierte en un robo descarado de segundos preciosos. La mentira, antes una compleja coreografía social o una materia de exégesis filosófica sobre la verdad, se siente ahora como un insulto a la inteligencia, una pérdida inaceptable en el precario mercado de la confianza. Y lo vacío, sea una conversación insustancial en un cóctel de networking o una disertación académica que privilegia la jerga sobre el contenido, ya no puede disfrazarse de pausa reflexiva; es un agujero negro que succiona una porción irrecuperable de nuestra finitud. Se desarrolla una suerte de «economía de la atención» donde la inversión en cualquier interacción debe rendir un dividendo mínimo de autenticidad o significado.
Esta nueva selectividad no es, pues, una misantropía súbita, sino una estrategia de supervivencia existencial. No es que hayamos perdido la paciencia, es que hemos recalibrado el valor de nuestra energía y atención. La farsa social, el teatro profesional, la complacencia intelectual o la performatividad emocional que antaño podíamos tolerar, o incluso participar, por cortesía o pragmatismo, se sienten ahora como un imperativo insostenible. No queda margen para la impostura, para el rol prefabricado que tanto agrada a la audiencia, pero que no nutre al actor en su menguante reserva vital. El imperativo no es la huida, sino la inversión juiciosa de un capital menguante.
Y así, armados con esta nueva y lúcida intolerancia, navegamos el crepúsculo con una determinación casi febril. La gran ironía, quizás, es que esta misma epifanía –este meticuloso escrutinio de cada instante y cada interacción– consume una energía mental considerable. Una energía que, en un giro perversamente poético, se podría argumentar que también es una forma de ‘pasar el tiempo’. Pero al menos ahora, lo hacemos con una conciencia tal que casi transforma la vigilia en una suerte de performance filosófica, donde el verdadero lujo ya no es el ocio, sino la *autenticidad forzada* de no pretender que estamos disfrutando de la obra.
