Villamanín, un pueblo roto por el Gordo: la contabilidad creativa de la felicidad
Villamanín, un nombre que resonó con la dulce melodía del «Gordo» de Navidad, se ha convertido, contra todo pronóstico, en el epicentro de una reflexión sobre la aritmética de la fortuna. La embriaguez de la lluvia de millones, ese sueño dorado que cada diciembre se cernía sobre algún rincón de la geografía española, ha aterrizado aquí con una particularidad: el premio, al parecer, venía con condiciones. Y no las de Hacienda, que son ya una premonición, sino unas mucho más prosaicas, surgidas del más profundo entusiasmo vecinal.
El dulce eco de los bombos fue, en Villamanín, reemplazado por un sordo repiqueteo de calculadoras. La benemérita comisión de fiestas, en su afán por extender la alegría y quizá por una confianza desmedida en la capacidad multiplicadora del papel, demostró una fe inquebrantable en la generosidad de los números. Vendieron más participaciones que décimos consignados y premiados, generando un desajuste de cuatro millones de euros. Una cifra que, en lugar de celebrar, obligó a un repaso aritmético de la felicidad, transformando la euforia en una intrincada operación de saldos.
Y así, la providencia, en su peculiar sentido del humor, dictó un veredicto salomónico. Tras una de esas reuniones vecinales que deben haber tenido más peso que cualquier sesión parlamentaria, los agraciados, en un alarde de solidaridad que uno esperaría ver en contextos menos monetarios, han aceptado ceder parte de su flamante fortuna. Los organizadores, por su parte, han aportado su propio premio, un gesto que subraya la singularidad de una victoria donde el mayor galardón quizá sea la resolución del conflicto. Es un triunfo no sobre la escasez, sino sobre el exceso de optimismo en la gestión.
Villamanín, pues, nos ofrece una lección inestimable. El «Gordo», en lugar de ser un simple multiplicador de alegrías, se ha transformado en un catalizador de la virtud cívica, un inesperado examen de contabilidad comunitaria y, quizás, de fe en la buena voluntad ajena. Porque al final, parece que el verdadero premio no es tanto la suma obtenida, sino la capacidad de redistribuirla con sensatez, incluso cuando la distribución original fue, digamos, creativamente optimista. Un «Gordo» que, por una vez, ha exigido no solo la fortuna, sino también una considerable dosis de sensatez y, sobre todo, una calculadora con pilas nuevas.
