## El Escapismo del Balón: Donde las Cornadas son Metafóricas
Hay apellidos que pesan, no solo en la identidad de quien los porta, sino en el imaginario colectivo de una nación. Morante, en España, evoca instantáneamente el arte efímero y arriesgado de la tauromaquia, una danza entre la belleza y el peligro que pocos entienden y muchos, con razones diversas, discuten. Es, por tanto, un giro de guion digno de análisis que el joven José Antonio Morante, vástago del maestro de La Puebla, haya decidido cambiar el albero sagrado por la alfombra verde del Benito Villamarín. La noticia, que lo sitúa en las convocatorias de Pellegrini, llega acompañada de una explicación conmovedora y, admitámoslo, refrescantemente pragmática: el fútbol, según reza el titular, «da menos cornás».
Es comprensible que las cicatrices, tanto físicas como emocionales, de una vida dedicada al arte de Cúchares –un arte donde la gloria se coquetea con la tragedia en cada pase de pecho– hayan calado hondo en la sensibilidad del hijo. Ver a un padre jugarse la vida en cada tarde, con la bravura del toro siempre al acecho, invita a una reflexión profunda sobre la naturaleza del éxito y el precio de la admiración. La elección de la esfera en lugar del capote no es una renuncia a la pasión, sino, quizás, una búsqueda de un heroísmo más contemporáneo, donde la estocada final se da en el área rival y no en el lomo del animal, y donde el ole no tiene el regusto de la sangre.
Así, el joven Morante transita de un rito ancestral a un espectáculo global, de la liturgia de la plaza a la modernidad del estadio. En el fútbol, las batallas se libran con los pies, la estrategia mental y la resistencia física, elementos que, si bien exigen talento y coraje, no suelen saldarse con un parte médico que incluye «pronóstico reservado» por una perforación mortal. La agonía del gol fallido, la frustración de la tarjeta roja o el desgarro de un tendón son, sin duda, afrentas dolorosas, pero palidecen ante la cruda literalidad de una embestida de quinientos kilos.
Pero no se confunda el joven Morante. Si bien es cierto que el balón «da menos cornás» en el sentido más literal y sangriento, las arenas del fútbol no están exentas de sus propias y sutiles heridas. La cornada del escrutinio público implacable, la del banquillo frío en una noche de Champions, la del VAR que anula un gol decisivo o la de la crítica descarnada que no perdona ni un pase equivocado. Quizás las cornadas del alma, o las de la reputación, sean más silenciosas y menos visibles, pero a veces, querido José Antonio, pueden dejar cicatrices más profundas que las del pitón de un toro bravo. Al fin y al cabo, huir de un tipo de peligro no garantiza la inmunidad ante el siguiente.
