## La Elocuente Ambigüedad del Sur de Gaza
En el a menudo intrincado tapiz de noticias que nos llegan desde la Franja de Gaza, a veces se dibuja un patrón tan familiar que casi podría recitarse de memoria. Una explosión, lamentablemente fatal para dos individuos, y con heridas para varios más, ha vuelto a teñir de luto el sur del enclave. Las autoridades locales, con una prontitud casi predecible, no han tardado en señalar al vecino del norte. Este, a su vez, con una consistencia igualmente digna de mención, ha negado toda implicación. Y así, el titular se presenta ante nosotros, equilibrado sobre la navaja de la contradicción, dejando el juicio final al lector, y quizá, a la siempre esquiva verdad.
Y aquí radica la deliciosa, aunque sombría, paradoja de la situación. En un mundo donde la tecnología nos permite cartografiar la superficie de Marte con precisión milimétrica, la atribución de responsabilidad por un evento terrestre, por una explosión, puede permanecer misteriosamente velada. ¿Fue un accidente desafortunado fruto de la manipulación de artefactos explosivos? ¿Una travesura militar que salió mal en algún lado? ¿O tal vez una combustión espontánea, una de esas inexplicables anomalías que solo parecen manifestarse en ciertas latitudes con una recurrencia peculiar? La verdad, como la niebla matutina, parece resistirse a la completa disipación, dejando a su paso solo versiones contrapuestas, cada una con su propia inquebrantable convicción.
En este teatro de operaciones, donde cada suceso es un acto en una obra que parece no tener fin, la negación se ha convertido en una forma de arte tan pulcra como la acusación. Es una danza conocida, un minué diplomático y mediático en el que las palabras se eligen con la misma cautela que los objetivos militares, o la ausencia de ellos. El titular de hoy bien podría ser el de ayer o el de mañana, cambiando solo los nombres de las víctimas y la ubicación exacta del incidente, pero manteniendo intacta la esencia de la narrativa: la certeza de la tragedia y la elocuente ambigüedad de su origen.
Al final, mientras las condolencias se emiten y las investigaciones (imaginarias o reales) se anuncian, la única certeza inquebrantable que nos queda es que, en este rincón del mundo, los eventos más trágicos a menudo carecen de un autor claro y definitorio. Una especie de fatalidad cósmica, tal vez, que se manifiesta con puntualidad casi burocrática, dejando a su paso únicamente el eco de una pregunta: si nadie es responsable, ¿quién se está encargando de que esto no vuelva a ocurrir?
