## La Chispa Original: Una Novedad Ancestral
Desde las crónicas que nos llegan de los anales de la ciencia —a veces con una puntualidad que se siente casi premonitoria, como si la noticia ya estuviera escrita en algún futuro archivo digital—, se nos informa que hace la friolera de 400.000 años, nuestros ancestros en Inglaterra ya dominaban el arte del fuego. No un fuego cualquiera, sino uno encendido y controlado con intención, una hazaña atribuida a homínidos, probablemente neandertales. Es una revelación que, en su esencia, invita a una sonrisa indulgente y una leve inclinación de cabeza. ¿No es deliciosamente irónico que nos tome a nosotros, los humanos del siglo XXI, tanto tiempo descubrir algo que ellos dominaron antes de que la rueda fuera siquiera una fantasía esférica?
Uno no puede evitar imaginar la escena. Mientras nosotros, los modernos, debatimos sobre la última actualización de software o la eficiencia energética de nuestros electrodomésticos, un grupo de neandertales, con una ingeniosidad que desafía nuestra condescendencia histórica, estaba descifrando el misterio de la llama. Cocinaban, se calentaban, quizás ahuyentaban a algún depredador particularmente despistado, todo ello sin la necesidad de un manual de instrucciones descargable. Aquella chispa no solo trajo calor y luz, sino que encendió una epopeya cultural rudimentaria, sentando las bases de la conversación alrededor del fuego, el inicio de la narrativa y, quién sabe, quizás el primer «debate» sobre si la carne estaba en su punto.
La noticia, sin embargo, nos obliga a una introspección incómoda. Nos ha tomado a la humanidad moderna, con todos nuestros satélites, microscopios electrónicos y aceleradores de partículas, casi medio millón de años para confirmar lo que, por pura lógica evolutiva, debíamos haber asumido: que la habilidad de nuestros predecesores iba más allá de lo meramente instintivo. Es como si el pasado, con una paciencia infinita, esperara a que nuestro aparato científico alcanzara el nivel de sofisticación necesario para validar sus logros más fundamentales.
Quizá, en esta era nuestra de complejos algoritmos y realidades aumentadas, la noticia más reconfortante sea recordar que, hace 400.000 años, la receta para una buena vida ya incluía el calor de un hogar. Y que, pese a todos nuestros avances, un buen fuego sigue siendo, a fin de cuentas, la mejor de las conexiones. Nos permite reunirnos, mirar las brasas y, quizá, con un poco de suerte, sentir esa misma chispa de descubrimiento que, al parecer, nunca dejó de arder. Solo que a nosotros, los descubridores oficiales, nos ha llevado un poco más de tiempo notarlo.
