## Sobre la Plácida Armonía del Pensamiento Único Socialista
En el vasto y a menudo turbulento océano de la política, pocas cosas resultan tan reconfortantes como la promesa de la unanimidad. La eximia Susana Díaz, en un gesto de encomiable claridad y convicción, nos obsequió en su momento con una de esas verdades lapidarias que aspiran a disolver toda disidencia. «En el PSOE todos somos socialistas y de izquierda», sentenció, zanjando de un plumazo cualquier tentación de esos «debates maniqueos» que tanto enturbian la pulcritud ideológica. Una declaración que, por su simplicidad categórica, invita a la reflexión sobre la naturaleza misma de los partidos políticos y la riqueza –o la carga– de la diversidad interna.
Es una visión, no exenta de una serena belleza. Imaginen la placidez de un partido donde las etiquetas —derecha, centro, izquierda— se disuelven en un crisol de pensamiento único y armonizado. Se acabó la fatiga de la introspección, la agonía de la auto-definición. Si la esencia es intrínseca y universal para todos sus miembros, ¿qué necesidad hay de discusiones sobre matices, sobre corrientes o, Dios no lo quiera, sobre el rumbo estratégico? Desaparece la molesta heterogeneidad, esa fuente de creatividad y, a veces, de saludables tensiones que se atribuye a formaciones políticas con una historia algo más laberíntica.
La propuesta de la señora Díaz eleva el ideal de cohesión a una categoría casi metafísica, donde la identidad no se construye, sino que *es*. Resulta curiosa, sin embargo, la terminología escogida: rechazar «debates maniqueos» para abrazar una visión donde solo existe el «bien» unívoco del socialismo y la izquierda unificada. ¿No es, acaso, una forma particularmente elegante de maniqueísmo, la de aquellos que postulan una verdad tan autoevidente que cualquier cuestionamiento deviene automáticamente en cisma? La ausencia de «derechas» o «centros» internos no es solo una declaración, sino una purga conceptual que simplifica el universo partidista a una monocromía reconfortante.
Así, nos queda la imagen de un PSOE monolítico, puro y felizmente ajeno a las complejidades que la historia y la sociedad suelen imponer a sus partidos. Una formación donde la auto-definición es un pleonasmo y la dirección ideológica, un dogma. Sin duda, es un alivio para la militancia, que ahora puede descansar tranquila sabiendo que, bajo el paraguas protector de la verdad irrefutable, no hay peligro de desviaciones ideológicas. Y es que, ¿para qué dialogar cuando ya se sabe que todos pensamos exactamente lo mismo?
