## El Olimpo Efímero del Roscón: Una Medalla de Azahar para la Historia
Justo cuando el calendario comienza su inexorable deslizamiento hacia la sacrosanta Noche de Reyes, una noticia de la más alta relevancia culinaria irrumpe en la escena madrileña, otorgando a la ya densa atmósfera decembrina un inopinado matiz de competencia gastronómica. Ha sido declarado, con la solemnidad que merecen tales asuntos, el «Mejor Roscón Artesano de la región». Y el galardón, una corona invisible de crema y azahar, recae este año en Doble Uve, obrador de ilustre nombre y ubicación en el no menos distinguido barrio de Ibiza-Retiro.
El VIII Campeonato, se nos informa, ha culminado en una cata a ciegas, ese venerable rito donde el anonimato de la muestra promete una objetividad casi científica. Un panel de paladares entrenados ha sopesado texturas, ha discernido los matices de la masa madre, y ha juzgado la exactitud de la fruta confitada (o su ausencia, según el dogma). Y así, la creación de Paloma Silvestrin ha ascendido al podio, dejando atrás a nobles contendientes como La Crujiente y Marea Bread, que se conforman con la plata y el bronce en esta particular olimpiada repostera. Uno no puede evitar imaginar la tensión en el aire, el susurro de los veredictos, la anticipación que precede a un anuncio que, a fin de cuentas, determinará el destino de innumerables desayunos y meriendas festivas.
Y ahora, con esta sentencia de los dioses gastronómicos, el camino se ilumina para los peregrinos del buen gusto. La búsqueda del roscón perfecto ha sido resuelta, al menos por este año. Las colas se materializarán con una obediencia casi preestablecida a la nueva cosmogonía. Porque, ¿quién podría resistirse a probar «el mejor»? Un título que trasciende lo meramente organoléptico para convertirse en un imperativo moral para el sibarita moderno, una guía infalible en el laberinto de la oferta navideña.
Pero no nos engañemos, el Olimpo es un lugar de constante reconfiguración. Este trono, fragante de ralladura de cítricos y agua de azahar, es, por su propia naturaleza, efímero. Mañana, o más bien el próximo diciembre, otro «mejor» roscón aguardará su turno para ser coronado, y el ciclo se reiniciará con la misma pasión, la misma cata a ciegas y la misma ansiosa expectación. Porque, al final, la verdadera gracia del roscón, al igual que la vida misma, reside en la promesa del próximo bocado, y en la subjetiva delicia de encontrar, año tras año, nuestro propio «mejor», con o sin medalla.
