## ¿Son exhibicionistas los que se hacen selfis? Mira en cuál de estos tres grupos te ves tú.
El título que nos convoca hoy nos lanza de lleno al proceloso mar de la autoimagen digital, ese donde los «selfis» —o «selfies», cada quien a su gusto y en su grado de purismo lingüístico— flotan como boyas indiscutibles en el vasto océano de las redes sociales. Nos dicen que la Fundéu los coronó «palabra del año» hace ya algunos calendarios, lo que, al parecer, confirió una pátina de respetabilidad académica a lo que algunos aún miran con la ceja arqueada. A pesar de los pesares, de los lamentos de los que añoran un pasado analógico donde las fotos requerían un ritual más solemne, el autorretrato digital persiste. Y con su persistencia, la eterna pregunta: ¿es acaso un acto de exhibicionismo?
La propia pregunta, planteada con la cautela de un observador, nos invita a una disquisición fascinante: ¿dónde reside la frontera entre la sana autoafirmación y el descaro del exhibicionista? ¿Es el mero acto de apuntar la cámara frontal hacia uno mismo una declaración de intenciones, un grito silencioso de «¡míradme!»? O, quizás, es un eco moderno de una pulsión ancestral, la de dejar constancia de nuestra existencia, de nuestro paso fugaz por este valle de píxeles y algoritmos. Y para ayudarnos en esta introspección tan profunda, se nos propone la noble tarea de encajarnos en uno de los «tres grupos» preestablecidos. Una clasificación, sin duda, que promete desentrañar los arcanos de la psique del autorretratista, como si la humanidad pudiera ser tan pulcra y cómodamente ordenada.
Resulta curiosa, además, la coletilla de que el fenómeno «sigue de moda, mal que le pese a muchos». ¿Quiénes son estos «muchos»? ¿Los guardianes de una estética pretérita? ¿Aquellos que aún creen que la fotografía personal debe ser obra de un tercero, un testigo imparcial de nuestra belleza (o al menos, de nuestra existencia)? Quizás su descontento radica en la democratización del retrato, en la accesibilidad de una herramienta que permite a cualquiera ser su propio artista, su propio modelo, su propio crítico. O tal vez, simplemente, no han descubierto la pose adecuada para su mejor ángulo. Porque, al final, la evolución de la imagen personal, sea con un pincel o con un smartphone, siempre ha resistido a los puristas, a los que lamentan el devenir. El selfi, en su humilde persistencia, es un recordatorio de que somos seres adaptables, incluso si la adaptación implica capturar nuestra propia sonrisa frente a una maravilla natural, o quizás, frente a una ensalada meticulosamente emplatada.
Así que, volviendo a la pregunta inicial, y tras esta breve incursión en la filosofía del autorretrato digital, ¿son exhibicionistas los que se hacen selfis? Quizás la verdadera revelación no sea el selfi en sí, sino el afán por catalogar, por juzgar, por diseccionar un acto tan trivial como capturar un instante. Quizás, el auténtico exhibicionismo sea la insistencia en encontrar profundidades psicológicas donde solo hay un dedo en el obturador. Pero no nos preocupemos en demasía. Al final, sea cual sea el grupo al que pertenezcamos, o el que nos asignen, lo importante es que el móvil tenga batería. Porque la siguiente oportunidad para «exhibir» nuestra existencia, o simplemente para inmortalizar un mal día de pelo, está siempre a un clic de distancia. Y eso, damas y caballeros, es una verdad tan ineludible como la próxima actualización de software.
