Corría el año 2016 y, con la perspicacia que caracteriza a las instituciones de seguridad, el Gobierno de España hizo un descubrimiento de una envergadura que a muchos podría haberles pasado desapercibida: los servicios secretos extranjeros andaban extraordinariamente ocupados en nuestro suelo. Una noticia que, de no ser por la formalidad de su anuncio oficial, casi podría haberse tomado como un chiste amable sobre la obviedad. Después de todo, sería casi una descortesía, o un preocupante signo de insignificancia geopolítica, que potencias extranjeras no consideraran España un tablero de ajedrez lo suficientemente apetecible como para mover algunas de sus piezas con discreción.
La revelación ahonda en la naturaleza de estas «intrusiones», mencionando la osadía de intentar reclutar ciudadanos españoles —presumiblemente, no para trabajar en un huerto comunitario, sino en asuntos de mayor calado— y de intentar acceder a instituciones o personas relacionadas con organismos de la talla de la UE y la OTAN. Uno casi puede imaginarse la sorpresa en los despachos al percatarse de que el país no es una isla inexpugnable ajena a las intrigas globales, sino un actor relevante, lo cual conlleva ciertas, digamos, atenciones no siempre bienvenidas. Es un alivio, en cierto modo, saber que aún figuramos en la agenda de alguien.
Este aumento detectado en 2016, y revelado en 2017, nos invita a reflexionar sobre la dinámica constante y casi poética de la inteligencia internacional. ¿Qué sería del mundo sin el baile de sombras, la información susurrada y el eterno intento de desentrañar los secretos del vecino? La labor de los servicios de inteligencia, al fin y al cabo, es un arte ancestral que, como el buen vino, mejora con el tiempo y con la complejidad del escenario. Y España, por su situación estratégica, su pertenencia a clubes selectos y su vibrante vida política, ofrece un lienzo espléndido para tales ejercicios.
Así pues, más allá de la preocupación legítima que cualquier Estado pueda sentir ante la injerencia, queda una cierta elegancia en el reconocimiento tácito de que España es un lugar demasiado interesante como para ser ignorado. En este juego de espejos y sombras, la verdadera novedad quizá no resida en la incesante actividad de quienes operan desde las penumbras, sino en la, digamos, *oportuna* revelación de que España sigue siendo un escenario digno de tan elaboradas coreografías. Al fin y al cabo, lo verdaderamente preocupante sería que nadie nos encontrara lo suficientemente atractivos como para espiarnos.
