Con la precisión de un reloj suizo que marca las doce en punto del escándalo, y de la mano de unos «audios secretos» —que, por definición, ya no lo son tanto—, nos llega la noticia de que, sorpresa, en las altas esferas existía cierto conocimiento sobre las presuntas irregularidades de Revuelta. Lo más revelador de este epígrafe noticioso, sin embargo, no es tanto la confirmación del saber, sino la sincera y perentoria aspiración que lo corona: «Hay que empezar a funcionar de manera profesional y limpia». Una frase que, leída ahora, adquiere el delicioso matiz de un propósito de enmienda que, como suele ocurrir, llega justo cuando los reflectores ya iluminan los rincones menos pulcros de la gestión política.
La reunión entre Montse Lluis (Vox) y Pablo González Gasca (Revuelta), según el relato, sella esta suerte de epifanía: Abascal, al parecer, «conocía el caso y estaba como una moto». Y aquí reside la primera pincelada de esa ironía que tanto ameniza el discurrir político. Porque la imagen de un líder «como una moto» ante las noticias de presuntas irregularidades, justo antes de proclamar la necesidad de la limpieza, dibuja un paisaje donde la sorpresa y el conocimiento se dan la mano de una forma peculiarmente íntima. ¿Estaba la «moto» en marcha por el disgusto de lo ocurrido, o por la inoportuna revelación de que lo ocurrido ya era de su conocimiento? Una distinción sutil, pero fundamental para calibrar la hondura del «profesionalismo» venidero.
Resulta casi enternecedor el descubrimiento de que la cúpula, al enterarse de lo que ya sabía —o de lo que ya se sospechaba que sabía—, decida que es momento de transitar hacia un nuevo paradigma operativo. Como si hasta ahora la gestión se hubiese regido por un manual de estilo más bien bohemio, ajeno a las prolijas exigencias de lo «profesional y limpio». La virtud de estos audios, pues, no radica únicamente en descorrer el velo de lo oculto, sino en inaugurar una era de autoconciencia política en la que, por fin, se reconoce la necesidad de un nuevo amanecer en cuanto a modos y formas. Un alba, eso sí, que nos pilla ya con el café de la mañana y los periódicos desplegados.
Así, entre revelaciones sonoras y propósitos de enmienda, la máxima de «empezar a funcionar de manera profesional y limpia» se erige no solo como un objetivo, sino casi como un género literario en sí mismo. Un género que se repite con una periodicidad pasmosa en el calendario político, siempre a rebufo de alguna otra revelación que pone en evidencia que, efectivamente, hay mucho por empezar. La verdadera prueba de «profesionalismo», quizás, no consista tanto en evitar las irregularidades como en la capacidad de anunciarnos, con la debida seriedad y un punto de sorpresa, que ahora sí, de verdad, *de verdad*, estamos listos para la limpieza. Siempre, claro está, que queden más audios por desvelar.
