## El Precio de la Inmortalidad Digital (y un Selfie con Aleta)
La búsqueda de la inmortalidad digital, ese anhelo contemporáneo de dejar una huella imperecedera en los efímeros anales de las redes sociales, a menudo nos lleva por caminos insospechados. Y, en ocasiones, directamente a la playa de un parque nacional tan prístino como Fernando de Noronha, con un tiburón limón como improbable co-estrella. Una pareja de brasileños, evidentemente con un ojo para la composición dramática y un espíritu audaz, decidió que el momento cumbre de su idílico viaje debía ser inmortalizado no solo en la memoria, sino también en un *selfie* íntimo con un escualo. Una iniciativa que, sin duda, prometía elevar su perfil digital a estratos dignos de aplauso.
Uno no puede sino admirar la audacia, o quizás la intrépida ignorancia, de quienes conciben que la naturaleza salvaje es simplemente un telón de fondo glorioso, o mejor dicho, un atrezzo muy fotogénico, para su narrativa personal. El tiburón limón, un animal que normalmente prefiere mantener cierta distancia diplomática, se encontró de repente no solo en el centro de atención, sino también en el centro de una toma perfectamente encuadrada. Es una fascinante evolución de la interacción humano-animal: de la observación respetuosa a la instantánea posada, todo en aras de un contenido que, sin duda, generaría una envidiable cantidad de reacciones y comentarios. ¿Quién necesita comprender el ecosistema cuando se puede *ser parte* de él, aunque sea por un fugaz y algo forzado instante?
Pero como bien saben los grandes exploradores del contenido viral, toda aventura tiene un precio. Y en este caso, el costo ascendió a 6.000 dólares. Una suma que, si bien es considerable, podría verse como una inversión en la exclusiva distinción de ser «la pareja que se hizo un *selfie* con un tiburón y fue multada por ello». Quizás, desde la perspectiva del algoritmo, el valor narrativo de la infracción y la consecuente sanción supera con creces el de una simple foto sin polémica. Después de todo, la controversia, bien dosificada, es la verdadera moneda de cambio en el circo digital de hoy.
Así, mientras los tiburones limón continúan sus discretas vidas en las aguas protegidas de Fernando de Noronha, ajenos a la fama efímera y a los rigores financieros, nuestros protagonistas pueden consolarse. Han conseguido lo que muchos buscan: no solo una imagen memorable, sino también una historia con moraleja, cuyo verdadero clímax, curiosamente, no reside en el instante capturado con el animal, sino en el recibo de la multa. Porque, al final, no hay nada como un buen escarmiento para asegurarse de que un recuerdo, y un perfil, perduren en la memoria. O, al menos, en la base de datos de alguna autoridad ambiental.
