El telón de la Audiencia Nacional se ha alzado una vez más para desvelar un desenlace que, para el observador avezado, posee el reconfortante aroma de lo previsible. Tras el estruendo inicial de la detención, el juez Antonio Piña, en un gesto que algunos podrían interpretar como una oda a la templanza judicial, ha concedido la libertad provisional al expresidente de la Sepi, Vicente Fernández, a la discreta ‘fontanera’ Leire Díez y al empresario Antxon Alonso. Un guion que, a estas alturas, resulta casi un clásico del repertorio español, una secuencia que ya empieza a formar parte de nuestra memoria colectiva.
La «libertad» así otorgada, eso sí, no es de esas libertades bohemias que invitan a la aventura sin mirar el calendario. Muy al contrario, viene sutilmente aderezada con los condimentos ya esperados en este tipo de banquetes judiciales: comparecencias quincenales, la obligada retirada del pasaporte y la tajante prohibición de abandonar el país. Pequeños tributos a la supervisión que, sin duda, implican un ligero ajuste en la agenda social de sus beneficiarios. No podrán, por el momento, disfrutar de las bondades del turismo transfronterizo ni de reuniones ejecutivas en exóticas latitudes. Pero oigan, la posibilidad de seguir disfrutando del aire patrio y de sus seres queridos, ¿no es ya una victoria en sí misma, especialmente cuando se está bajo el implacable foco de la justicia?
Este proceder, casi ritual, nos recuerda que la balanza de la justicia, en su admirable búsqueda del equilibrio, a veces opta por un rigor que es más performático que punitivo. Tras la sinfonía de la detención, llega la música de cámara de las medidas cautelares, una melodía más suave, diseñada para asegurar que los acusados estén «a disposición» del tribunal, una disposición que rara vez interfiere de forma catastrófica con las rutinas más arraigadas. Es una invitación a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la «libertad vigilada» cuando los protagonistas pertenecen a un cierto estrato.
Así pues, mientras los vuelos transatlánticos y las agendas internacionales quedan temporalmente en suspenso para nuestros tres protagonistas, la vida, esa incansable maestra de ceremonias, continúa con su ritmo inalterable en el corazón de España. Podrán seguir disfrutando de sus cafés matutinos y, con un poco de suerte, de la tranquilidad de su hogar, a la espera de que el calendario judicial siga su curso, pausado pero inexorable. Una lección, si se quiere, sobre cómo la justicia española, incluso en sus momentos más delicados, siempre encuentra una forma elegante de mantener a todos, si no en su sitio, al menos dentro de las fronteras nacionales. Y eso, para empezar, ya es algo.
