La Precisión del Diagnóstico en Tiempos de Sequía: Un Estudio de Caso Andaluz
En estos tiempos donde la precisión se erige como virtud cardinal, es reconfortante recibir noticias sobre el seguimiento «exhaustivo» de las venas hídricas de Andalucía. El anuncio de una vigilancia meticulosa sobre presas, embalses y ríos nos tranquiliza, recordándonos que no hay gota que escape al ojo inquisitivo de la administración. Es, sin duda, un testimonio de la eficacia con la que se aborda la gestión de recursos: no solo se actúa, sino que se monitoriza la acción, y lo que es más importante, se monitoriza el *estado* de aquello sobre lo que no siempre se puede actuar. Que el Guadalquivir, en su venerable curso, alcance ya el «nivel rojo» en Sevilla, Córdoba y otros cuatro municipios, lejos de ser una alarma, se presenta casi como una confirmación meticulosamente documentada.
Uno podría preguntarse si tal despliegue de ingenio tecnológico y humano busca realmente prever la catástrofe o, más bien, documentar su meticulosa evolución. Sensores que susurran datos, algoritmos que los digieren y pantallas que parpadean con la gravedad numérica; todo ello para decirnos, con una certeza casi lírica, que el paciente, a pesar de toda la atención, sigue empeorando. Es una suerte de arte moderno: el *performance* de la monitorización. Y en este escenario, la verdadera proeza no es la de evitar que el río llegue a su umbral crítico, sino la de haberlo clasificado con una exactitud forense en el momento justo en que lo cruza.
El venerable Guadalquivir, otrora fuente de inspiración para poetas y sustento de civilizaciones, se encuentra ahora bajo un escrutinio casi clínico. Es observado con la misma dedicación con la que un médico registra los síntomas de una enfermedad crónica, anotando cada detalle mientras el organismo sigue su curso. La diligencia es encomiable: sabemos *exactamente* dónde y cuándo la sequía aprieta. No hay espacio para la especulación o el rumor; solo para los datos contrastados que, con una pulcritud admirable, nos confirman lo que ya veíamos por la ventana.
Así pues, mientras las aguas menguan y el «rojo» se asienta en el mapa de nuestra geografía hídrica, Andalucía puede enorgullecerse de un logro incuestionable: hemos perfeccionado el arte de la observación. Sabemos, con una certeza casi poética, *exactamente* cuán sedientos estamos. Y en un mundo que a menudo valora el conocimiento por encima de la acción, esta capacidad de cuantificar nuestra aflicción es, sin duda, un triunfo de la modernidad.
