Es una observación curiosa, casi una divagación de sobremesa ante un café humeante, la que concierne a la génesis de aquello que pomposamente llamamos «fortaleza». Solemos erigir pedestales a la resiliencia, a la capacidad de soportar, de erguirse tras el tropiezo. Se habla de forjar el carácter, de templar el espíritu, como si existiera un manual de instrucciones o un taller donde uno pudiera inscribirse para adquirir tales virtudes. Sin embargo, la experiencia parece sugerir una narrativa menos heroica, y acaso más pragmática, sobre este atributo tan celebrado en nuestro tiempo.
Pocas veces se encuentra un mentor que, con sabia pedagogía, desmenuce los rudimentos de la entereza, que ofrezca lecciones explícitas sobre cómo absorber los embates de la vida sin ceder. Más bien, uno tropieza. Uno se encuentra de bruces con la imperiosa necesidad de no desmoronarse, no porque le hayan enseñado el arte de mantenerse en pie, sino porque el suelo, o la situación, es demasiado incómodo. La lección no es un precepto positivo –»sé fuerte»– sino la cruda constatación de lo que sucede cuando no se logra serlo: la desventura, el daño, la exclusión o, simplemente, una molestia insoportable.
Así, la supuesta fortaleza se revela a menudo como una habilidad eminentemente reactiva, una adaptación casi darwiniana al entorno. Se aprende a no quejarse demasiado, no porque la queja sea una debilidad intrínseca, sino porque rara vez surte el efecto deseado y, peor aún, puede granjear una mirada de desdén. Se aprende a gestionar la decepción, no porque se domine el arte de la ecuanimidad, sino porque la alternativa —el desgarro constante— resulta francamente agotadora. Es una suerte de ingenio defensivo, desarrollado con el ingenio que se requiere para evitar los peores escenarios, o al menos para amortiguar el golpe.
Quizás, entonces, lo que admiramos en aquellos a quienes consideramos «fuertes» no es tanto una cualidad intrínseca o una virtud adquirida deliberadamente, sino más bien la acumulación de una serie de evasiones exitosas, de aprendizajes forzados sobre las consecuencias de la fragilidad. Han dominado, sin saberlo, el arte de la supervivencia en un ecosistema que no siempre ofrece un cojín. Y en ese camino, en esa huida de la vulnerabilidad y el quebranto, hemos encontrado una etiqueta conveniente para un complejo conjunto de reacciones.
Uno no busca la fuerza; busca evitar la debilidad y sus múltiples incomodidades. Y en ese esfuerzo, sin mapa ni brújula, simplemente se aprende lo que ocurre si no lo es. Lo cual, a fin de cuentas, tiene su propia y sutil belleza: la fuerza como un efecto secundario inesperado de una resistencia más instintiva que virtuosa.
