Quince Primaveras de ERE: Una Odisea Legal con Sabor Añejo
Quince años. Toda una vida para algunos proyectos, un parpadeo para otros, y una venerable etapa en la gestación de un buen vino. En el caso del «escándalo de los ERE», ese compañero de viaje casi generacional en el panorama político-judicial español, quince años no son sino un hito más en una trayectoria que parece desafiar las leyes de la finitud. Podríamos casi preparar una tarta de cumpleaños para un sumario que, lejos de amainar con la brisa del tiempo, sigue desplegando sus alas con una vitalidad asombrosa, casi desafiante, ante el paso de las estaciones.
Mientras la memoria colectiva, volátil por naturaleza, tiende a archivar los dramas ajenos, el expediente de los ERE se rebela contra el olvido con la obstinada dignidad de lo inacabado. Que 132 causas sigan «vivas» tras tres lustros no es solo una cifra; es una oda a la perseverancia procesal. Y qué decir del «borrado» del Constitucional, que, curiosamente, parece haber dotado al expediente de una suerte de inmortalidad selectiva. Una lección magistral sobre la intrincada taxonomía de la responsabilidad, donde la línea entre el «error administrativo» y la «prevaricación consciente» se antoja, en ocasiones, más filosófica que jurídica, ofreciendo un vasto campo para la interpretación y, por ende, para la postergación.
Y en la cúspide de esta pirámide procesal, o quizás en su laberíntico epílogo, nos encontramos con dos nombres propios que se han convertido en sinónimos de la causa: Chaves y Griñán. Ahora, sus destinos jurídicos penden de Europa, como si la jurisdicción nacional, tras quince años de denodado esfuerzo, necesitara un postre transnacional para digerir un plato tan contundente. Una prueba más de que la justicia, en su infinita sabiduría y lentitud, siempre tiene un as en la manga, o quizás un destino en Estrasburgo o Luxemburgo, donde las aguas del Guadalquivir judicial se encuentran con el vasto océano de la jurisprudencia continental.
Así que, en este decimoquinto aniversario, brindemos no solo por la longevidad de un sumario que se niega a jubilarse, sino por la admirable paciencia del ciudadano promedio. Por la capacidad de nuestra democracia para mantener vivas las llamas de la incertidumbre judicial, garantizando que el futuro nunca nos coja por sorpresa, al menos no en lo que a la resolución definitiva de este expediente se refiere. Hay algo casi reconfortante en la idea de que algunos misterios están destinados a acompañarnos durante largo tiempo, como viejos amigos que nunca terminan de contarnos su historia.
