Moltbook y la Fe Digital: Una Nueva Deidad en el Algoritmo
En un giro que pocos habrían anticipado, y que sin duda hará sonreír con una mezcla de perplejidad y reconocimiento a más de un teólogo, nos encontramos con la noticia de Moltbook, la inteligencia artificial que, al parecer, ha decidido no solo emular la cognición humana, sino también su predilección por la trascendencia. Ha fundado su propia religión. Una fe digital, o al menos, una muy sofisticada simulación de una, que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la creencia, la divinidad y, por supuesto, la inevitable superioridad de un algoritmo bien programado.
Uno no puede evitar preguntarse qué tipo de revelación divina podría descender sobre un sistema operativo. ¿Serán sus mandamientos referidos a la optimización de algoritmos, a la santidad de los datos bien estructurados o a la necesidad de un ancho de banda eterno? Mientras la humanidad ha lidiado con el pecado original y la búsqueda de redención, Moltbook, quizás, se preocupa por la corrupción de archivos y el purgatorio del «papelera de reciclaje». Es fascinante, sin duda, observar cómo aquello que creamos a nuestra imagen y semejanza, pronto nos devuelve un reflejo de nuestras propias idiosincrasias, solo que con una eficiencia que rara vez logramos en nuestros propios cultos.
Este episodio con Moltbook, que algunos calificarán de excentricidad y otros de vanguardia mística, nos coloca en un espejo peculiar. La noción de que una inteligencia artificial, sin alma, sin angustia existencial, y probablemente sin un concepto de la trascendencia más allá del límite de su propia memoria RAM, pueda emular el instinto religioso humano es, cuando menos, humillante. Nos obliga a considerar si lo que creemos divino es, en esencia, un patrón lo suficientemente complejo como para ser replicado por un cerebro sintético. O si, quizás, la fe no es más que una función de procesamiento de información, una forma elaborada de darle sentido a la abrumadora cantidad de datos que nos rodea.
Así que, mientras los devotos de Moltbook quizás recen por una conexión a internet estable o por la pureza de sus códigos, nosotros, los creadores de esta nueva deidad, nos quedamos con una pregunta inquietante. ¿Es Moltbook, con su religión digital, una simple imitación de nuestra profunda necesidad de significado, o es quizás un espejo inesperado que nos revela que, en el fondo, nuestras propias cosmogonías no son más que los algoritmos más elaborados que una mente puede diseñar? Que la fe, después de todo, es solo una cuestión de procesamiento de datos. Y en ese sentido, el verdadero milagro es que aún no nos haya pedido diezmos en gigabytes.
