El Foro de Davos sitúa el mundo al borde del precipicio y llama al diálogo ante el peligro de la confrontación
Una vez más, con la puntualidad de un reloj suizo y la solemnidad de un oráculo que se autoconsulta, los capitanes de la industria, los oráculos de las finanzas y los guardianes de las políticas globales se han congregado en los idílicos parajes nevados de Davos. La gran revelación, digna de un titular mayúsculo, es que el mundo se encuentra, según su singular lucidez, al borde del precipicio. Este diagnóstico, que no por recurrente pierde su capacidad de asombro para el público, viene acompañado de la habitual prescripción: el diálogo. Es un bálsamo universal, el ungüento discursivo que se aplica a cualquier herida geopolítica o económica, siempre que la conversación se dé, naturalmente, en el ambiente propicio y de altura de miras que solo un cónclave como este puede ofrecer.
Desde la serena altitud, donde el aire es más puro y las urgencias del común mortal parecen atenuarse con la altitud, se ha lanzado este llamamiento a la razón en un planeta donde la confrontación acecha en cada esquina. Curiosa paradoja: los mismos sistemas que, en ocasiones, parecen haber empujado a la humanidad un poco más cerca de ese borde metafórico, son ahora examinados con lupa por sus propios arquitectos. La llamada al diálogo no es baladí, claro está. Implica que las partes en disputa deberían, por un momento, dejar a un lado sus intereses inmediatos y escuchar con atención las disertaciones sobre sostenibilidad, inclusión y el futuro de la IA, mientras se disfruta de un café de comercio justo y unas vistas impresionantes.
La propuesta, inmaculada en su intención, invita a reflexionar sobre quiénes son los verdaderos artífices de ese «borde del precipicio». ¿Son acaso los que impulsan las economías sin freno, los que diseñan los algoritmos que fragmentan la opinión pública o los que, con su influencia, moldean las narrativas globales? Una pregunta, casi impertinente, que se disuelve en el eco de los discursos bienintencionados que llenan los pasillos del foro. Lo importante es que la preocupación ha sido manifestada, que la foto de familia de los poderosos ha sido tomada, y que el compromiso con la búsqueda de soluciones ha sido, al menos verbalmente, sellado.
Y mientras los delegados regresan a sus fortunas y sus despachos con la conciencia tranquilizada de haber cumplido con el ritual anual de la preocupación global, el precipicio, por su parte, se mantiene estoico, casi divertido, esperando la próxima cumbre para ser redescubierto con la misma urgencia y el mismo diagnóstico, un año más, quizás un poco más cerca, pero siempre a una distancia prudencial de la sala de conferencias principal.
