A menudo, se habla de la falta de rumbo como una carencia intrínseca, un extravío del mapa que se supone deberíamos consultar. Se busca la dirección en seminarios, en manuales de autoayuda o en el eco de las voces ajenas, como si el camino fuese una entidad externa a descifrar. Uno podría, sin embargo, detenerse a considerar si el problema reside realmente en la ausencia de una brújula o, más bien, en un exceso de indicaciones superpuestas, un concierto incesante que aturde la escucha del propio compás interno.
El mundo moderno, con su generosa oferta de consejos y sus infinitas ventanas a las vidas ajenas, ha cultivado una orquesta robusta. Desde las notificaciones que dictan nuestra atención hasta el canon tácito de lo que se considera una vida plena, el ruido ambiental es considerable. No es un estruendo desagradable, sino más bien una sinfonía de posibilidades, de expectativas veladas y de «deberías» perfectamente orquestados. Nos envuelve una densa niebla de información y de narrativas ajenas que, sutilmente, sugieren la dirección correcta, la meta deseable, el siguiente paso ineludible.
Y es curioso observar cómo este estruendo, a veces, proviene de aquellos que, quizás sin malicia explícita, prefieren que uno permanezca en su sitio. Una trayectoria conocida, un comportamiento predecible, ofrecen una confortable estabilidad al ecosistema colectivo. Un movimiento inesperado, una desviación del guion aceptado, puede introducir una variable incómoda, una ligera vibración en la arquitectura de lo establecido. No es, probablemente, un deseo de control, sino una inclinación casi innata hacia el equilibrio, un cierto apego a la quietud que propicia la complacencia general.
En este contexto, la verdadera proeza no es encontrar el rumbo, sino hallar el silencio. No el mero cese del sonido, sino una quietud más profunda, un espacio interior donde las resonancias externas pierden su imperativo. Es en esa pausa, en esa deliberada abstinencia de la información y la opinión, donde la perspectiva tiende a clarear, sin necesidad de grandes epifanías. La ruta, a menudo, no emerge como un descubrimiento heroico, sino como una constatación serena de lo que siempre estuvo allí, bajo la superficie de la agitación.
Quizá, entonces, la búsqueda del rumbo no sea una expedición ardua por tierras ignotas, sino una sencilla decisión de ajustar el volumen. Una suerte de minimalismo auditivo que permite que la propia voz interior resuene con una claridad insospechada. Y es en esa sutil autonomía donde reside una elegancia particular, casi irónica, dado que son precisamente los coros más sonoros, los que con mayor vehemencia pregonan la «dirección correcta», quienes, sin saberlo, más poderosamente incitan a la silenciosa, y muy personal, afirmación del propio camino.
No todo el ruido quiere orientarte; parte de él solo necesita que no te muevas.
