¿Por qué España está a la cola de la UE en aprendizaje de inglés y qué se puede hacer para mejorar?
Ah, enero. Ese mes de los propósitos inquebrantables, las rebajas irresistibles y, por supuesto, la inevitable noticia de que España, con su singular encanto y su persistente tozudez, se mantiene firme en los últimos puestos del ranking europeo en dominio del inglés. Es casi una de esas efemérides anuales, una tradición tan arraigada como la cabalgata de Reyes, que cada año nos invita a la sorpresa… o, mejor dicho, a la confirmación de motivos casi telúricos que explican esta perenne situación. Uno podría pensar que, tras décadas de diagnósticos, el misterio se habría disipado, pero la realidad es que lo «inesperado» de este hallazgo es casi tan predecible como el sol saliendo por el este.
Y, sin embargo, nos afanamos en buscar explicaciones, cuando las tenemos a la vista. La sagrada tradición del doblaje, por ejemplo, ese bálsamo para los tímpanos nacionales que nos exime de la vulgar tarea de esforzarnos en comprender otra lengua. O la convicción, tan profundamente española, de que el mundo, tarde o temprano, hablará español si se le da el tiempo suficiente (y, a ser posible, con un acento de Valladolid). No olvidemos esa pedagogía tan… española, que privilegia la gramática sobre la conversación, las listas de verbos irregulares sobre la habilidad de pedir un café en una hipotética Londres. Es una forma de resistencia cultural, quizás. Una declaración silenciosa de que nuestra voz, tal cual es, es perfectamente suficiente.
Ante este panorama, claro está, nos abalanzamos, con la vehemencia del recién convertido, a proponer soluciones. Más horas de inglés en la escuela, intercambio de profesores, inmersión lingüística forzosa en la costa de Móstoles. Medidas que, por supuesto, implican cierta dosis de incomodidad, quizás incluso el abandono de alguna de nuestras más arraigadas costumbres de ocio audiovisual. Una reforma profunda, claro, implicaría reconocer que quizá no es un problema de recursos, sino de… prioridades. Y cambiar prioridades es, seamos sinceros, el deporte nacional menos practicado.
Quizás sea hora de abrazar este singular rasgo con la dignidad que merece. En lugar de lamentar nuestra posición en la cola, podríamos reinterpretarla. Quizás el no dominar el inglés sea, de hecho, un sofisticado mecanismo de defensa. Un filtro cultural, un tamiz que asegura que solo aquellos verdaderamente comprometidos con la riqueza de nuestra idiosincrasia logren conectar a fondo. Después de todo, ¿quién necesita entender a todo el mundo cuando uno se entiende tan bien a sí mismo?
