El Cosmos, Ese Inversor Imprevisto: Una Partícula y el Negocio de la Reincidencia Orbital
La noticia nos llega desde las alturas, no sin cierta resonancia poética y una pizca de aquello que los anglosajones llaman *cosmic irony*. Apenas dos meses de vida útil, un pestañeo cósmico en la vasta existencia de un satélite de comunicaciones de última generación, y el SpainSat NG ya es parte del club de los mártires orbitales. Un encuentro fortuito con una partícula, nos dicen, ha sido suficiente para dejar inutilizado a nuestro flamante centinela espacial. La fragilidad de lo infinitamente complejo frente a lo infinitamente diminuto, un recordatorio elocuente de que, por mucha ingeniería de vanguardia que invirtamos, el espacio profundo tiene su propia agenda, y a veces, un sentido del humor bastante peculiar.
Un proyecto de esta envergadura, diseñado para la eternidad (o al menos, para una década de servicio ininterrumpido), ve su misión truncada por lo que bien podría ser un grano de arena galáctico. Y es aquí donde la trama adquiere un matiz particular. Indra, el artífice original de esta joya tecnológica, se ve ahora ante la «inevitable» tarea de fabricar un duplicado. Un encargo reincidente que, para ser sinceros, alivia el luto tecnológico con el pragmatismo inherente al mundo empresarial. Porque, si bien la pérdida es lamentable desde la perspectiva de la misión, para la industria manufacturera, cada «incidente orbital» es, a su manera, una nueva oportunidad de negocio.
Quizás deberíamos ver en este percance no una falla, sino una fase temprana de obsolescencia programada, dictada no por las tendencias de consumo, sino por el propio cosmos. El universo, con su particular sentido de la oportunidad, nos recuerda que no hay inversión sin riesgo, ni progreso sin repetición. Mientras unos lamentan la fugacidad de la primera versión del SpainSat NG, otros, con la mirada puesta en el futuro (y en la cuenta de resultados), ya calculan las órbitas de un nuevo ciclo. Y así, con cada colisión inesperada, la economía espacial española encuentra su propia y peculiar forma de propulsión. Porque, al fin y al cabo, ¿qué sería de la innovación si no hubiera siempre un hueco, o mejor dicho, un satélite menos, que llenar?
