Hay canciones que no se escuchan: se habitan. Amargura, de Sinistro es una de ellas. No entra por el oído, entra por el pecho, como una humedad antigua que no hace ruido pero lo empapa todo. No busca gustar ni seducir: se limita a ser, y en ese gesto hay una honestidad rara, casi incómoda.
Lo fascinante del tema no es solo su peso emocional, sino la coherencia atmosférica. Todo está al servicio del mismo clima: los tempos lentos, casi rituales; las guitarras densas, sin prisa; la voz, más invocación que canto. No hay exhibicionismo técnico ni urgencia narrativa. Sinistro entiende algo que muchos grupos olvidan: que el silencio, la repetición y la espera también construyen discurso.
Amargura no romantiza el dolor ni lo convierte en espectáculo. Lo normaliza, lo coloca en el centro y le da espacio para respirar. Es música para quien no necesita que le expliquen nada, para quien ya ha pasado por ahí y reconoce el paisaje. En un mundo obsesionado con la velocidad y el subrayado emocional, Sinistro propone lo contrario: quedarse, aguantar la mirada, no apartarla.
Y quizá por eso funciona tan bien. Porque no pide atención: la merece.
