La pobreza creció en España en 2025 (y lo llamamos sistema)
España cerró 2025 con 400.000 personas más dependiendo del Ingreso Mínimo Vital. Un 19 % de incremento en apenas un año. El dato es nítido, pero el relato que lo acompaña suele serlo menos. Porque, curiosamente, cuanto más crece la pobreza, más solemos hablar de la “fortaleza del sistema”.
Hay algo profundamente tranquilizador en decir que el Estado responde. Alivia. Aplaca conciencias. Permite seguir adelante sin hacerse demasiadas preguntas incómodas. El problema es que un sistema que funciona cada vez mejor porque cada vez más gente lo necesita no es necesariamente un éxito. A veces es solo un buen amortiguador de una caída que no deja de acelerarse.
El Ingreso Mínimo Vital se ha convertido en una infraestructura estable de la precariedad. No en un puente, sino en una habitación. No en una salida, sino en una rutina. Celebramos que llegue a más hogares, pero evitamos preguntarnos por qué tantos hogares han llegado ahí. Como si el aumento constante de beneficiarios fuera una señal de progreso y no de normalización del daño.
La pobreza ya no escandaliza: se gestiona. Se mide, se etiqueta, se integra en el presupuesto. Se convierte en una cifra asumible, casi técnica. Y cuando eso ocurre, el riesgo no es solo económico, es moral: cuando el sistema se adapta demasiado bien a la pobreza, empieza a necesitarla para justificarse.
Quizá el verdadero indicador de madurez social no sea cuántas personas reciben una ayuda mínima, sino cuántas consiguen no necesitarla nunca. Pero esa pregunta es incómoda. Obliga a hablar de salarios que no alcanzan, de vivienda inaccesible, de trabajos que no sostienen una vida, de una clase media que se estrecha mientras aprende a agradecer que el colchón aún exista.
El Ingreso Mínimo Vital no es el problema.
El problema es acostumbrarnos a que sea la respuesta.
Y mientras tanto, seguimos afinando el paracaídas, sin atrevernos a mirar el avión.
Tal vez dentro de unos años celebremos récords aún mayores: más beneficiarios, más cobertura, más eficiencia administrativa. Y alguien dirá que eso es justicia social.
Pero cuando un país aprende a vivir bien con la pobreza, deja de tener prisa por erradicarla.
El día que el Ingreso Mínimo Vital deje de crecer será preocupante para los presupuestos.
Pero quizá —solo quizá— será la primera buena noticia en mucho tiempo.
