El calendario se ha cerrado sobre otro ciclo solar, y con él, la crónica de las gestas de un hombre para quien la métrica de éxito y fracaso parece operar bajo un sistema de coordenadas completamente diferente al del resto de la humanidad. Wired, con su habitual perspicacia, nos recordaba un año en el que Elon Musk no solo rozó la catástrofe reputacional y financiera, sino que la abrazó, solo para emerger, al parecer, más victorioso que nunca. Para el común de los mortales, un CEO cuya empresa insignia se tambalea por sus caprichos personales y divagaciones en redes sociales representaría, como mínimo, una fuerte charla con la junta directiva. Para Musk, es simplemente otro día en la oficina, o quizá, otra órbita alrededor de su propio sol.
Porque mientras Tesla, la joya de la corona eléctrica, bailaba al son de los tuits presidenciales y las fluctuaciones de una criptomoneda perruna, muchos observaban con una mezcla de horror y fascinación. Sus escarceos con la administración Trump, lejos de ser meros comentarios, se tradujeron en un vaivén bursátil que habría aniquilado a cualquier otra compañía con menos… digamos, resiliencia carismática. La saga del Dogecoin, por su parte, demostró que la influencia de un solo individuo puede mover mercados enteros, no siempre para bien, pero siempre de forma espectacular. Parecía, en efecto, que el maestro orquestador estaba dirigiendo una sinfonía de autodestrucción con el mismo entusiasmo con el que antes había revolucionado industrias.
Pero he aquí la elegancia del sistema Musk: mientras un flanco estratégico flaqueaba por distracciones dignas de un reality show, otro ascendía con la silenciosa majestuosidad de un cohete. SpaceX, la aventura interplanetaria, ese pequeño pasatiempo que implica la colonización de Marte, ofrecía un refugio cómodo y, sobre todo, altamente exitoso. Cuando la Tierra se volvía demasiado turbulenta o los accionistas de Tesla demasiado impacientes, siempre quedaba el espacio exterior, un lienzo inmaculado para sus ambiciones. Es una forma curiosa de diversificación, ¿no es así? Cuando una de tus creaciones multimillonarias se ve afectada por tus decisiones más idiosincrásicas, simplemente pivotas hacia la otra que se dedica a lanzar humanos al cosmos.
Así, el año que parecía una parábola sobre los peligros de la megalomanía y la indiscreción pública, se convierte en una oda a la resiliencia de un ego bien financiado. Musk ganó al perder, o perdió de una manera tan inherentemente «Musk» que se transformó en una victoria narrativa. Y si el precio de esa victoria es un poco de caos en el mercado y alguna que otra ojera en los inversores de Tesla, bueno, ¿quién dijo que construir el futuro fuera un camino exento de emociones fuertes? Después de todo, el verdadero triunfo no es evitar el descalabro, sino tener la fortuna de que tu nave de rescate sea otro imperio aún más grandioso, siempre listo para el próximo lanzamiento.
