Cuando la realidad se hizo coartada neuronal
Ah, la conciencia. Ese viejo dilema que ha desvelado a filósofos, poetas y, más recientemente, a cualquier persona con acceso a un podcast de autoayuda. Un embrollo pegajoso, plagado de misterios sinápticos y abismos metafísicos. Por fortuna, emerge la voz lúcida del neurocientífico Anil Seth para arrojar luz sobre las tinieblas, y lo hace con una solución tan elegante como liberadora: nuestra realidad, nos informa con la autoridad de quien ha mirado bajo el capó del cerebro, no es más que una «alucinación controlada». ¡Qué alivio! De golpe, la complejidad se desvanece en una explicación que, de tan diáfana, casi nos invita a reír.
Porque, ¿para qué sumergirse en la ardua tarea de discernir verdades objetivas o de reconciliar visiones contrapuestas si, en el fondo, cada uno de nosotros es el director de su propia película mental? Las discrepancias, los conflictos, incluso las noticias que nos indignan, podrían reducirse, con una encomiable economía conceptual, a meros desajustes en el proyector sináptico ajeno. Ya no es que no estemos de acuerdo; es que nuestras alucinaciones controladas simplemente no sincronizan. Una perspectiva, hay que admitirlo, gloriosamente conveniente para el espíritu de la era individualista.
Uno casi puede sentir cómo se disipa la presión de buscar consensos. Si el mundo exterior es, en esencia, una proyección interna, un sofisticado juego de predicciones sensoriales orquestado por nuestros propios cerebros, entonces la responsabilidad se vuelve deliciosamente personal. ¿Problemas sociales? Quizás una alucinación colectiva mal calibrada. ¿Crisis climática? Una disfunción en el generador de predicciones de quienes la niegan. En esta luz, cada quien se convierte en el impecable artífice de su propio universo, con el privilegio de descartar cualquier externalidad que no cuadre con el guion establecido por sus neuronas.
Así que, mientras nos deleitamos en la coreografía neuronal de nuestra mente, construyendo un mundo a la medida de nuestras expectativas y sesgos, podemos respirar tranquilos. El neurocientífico nos ha dado una coartada de oro. Porque si la verdad es una alucinación personal y controlada, ¿quién podría, honestamente, reprocharnos que vivamos la nuestra con tal convicción? Sería solo su alucinación controlada contra la nuestra, y ya sabemos cuál de las dos es la verdaderamente real. Al menos, para uno mismo.
