El Doctor Digital y el Confort de la Aséptica Incertidumbre
En un mundo donde la paciencia cotiza a la baja y la inmediatez es la divisa más codiciada, OpenAI nos ha obsequiado con una de esas innovaciones que, a primera vista, parecen responder a un clamor universal. Nos referimos, claro está, a ChatGPT Health, la función que promete democratizar la sabiduría médica, transformando la interacción con el sistema sanitario en algo tan sencillo como un «prompt» bien formulado. Se acabó el viacrucis de las listas de espera, los turnos en la madrugada para coger cita o la incómoda necesidad de explicar síntomas inconfesables a un ser humano de carne y hueso. Ahora, la respuesta a nuestras dolencias más íntimas está a solo un clic, o mejor dicho, a una inteligente pregunta al algoritmo.
La accesibilidad es, sin duda, la joya de la corona de este nuevo consultorio virtual. Frente a años de estudio, experiencia y el arte, casi alquímico, de la medicina humana, ChatGPT nos ofrece diagnósticos (o sugerencias muy bien fundamentadas, que para el caso es casi lo mismo) instantáneos. ¿Quién necesita la mirada comprensiva de un profesional cuando se puede tener la frialdad aséptica de un algoritmo optimizado? La gran ventaja, sin duda, es la ausencia de juicios, de gestos de preocupación y, sobre todo, de la incómoda necesidad de tener que *hablar* con otro ser humano sobre los propios achaques. El bot, con su infinita objetividad, nos permite mantener la privacidad mientras nos auto-diagnosticamos con la ayuda de un cerebro electrónico que nunca pestañea.
Naturalmente, la letra pequeña nos recuerda que ChatGPT Health no es un médico y sus consejos no sustituyen la consulta profesional. Una especie de paraguas legal que permite al chatbot ofrecer su sapiencia mientras se lava las manos, con la misma eficiencia con la que procesa un billón de parámetros. Es una distinción sutil, por supuesto, pero fundamental. Después de todo, esa intuición que nace de la observación, la empatía, el contexto vital del paciente… el olor a desinfectante en la consulta, la mano que reconforta, el silencio elocuente que sigue a una mala noticia; todo eso, debemos admitir, es difícil de codificar en una red neuronal. Un algoritmo, por muy sofisticado que sea, carece de la capacidad de fruncir el ceño con preocupación genuina o de compartir una sonrisa que alivia.
Así pues, celebremos este nuevo hito en la simplificación de la existencia. Es un paso más hacia la salud como un problema de procesamiento de información, y no como la compleja danza entre cuerpo, mente y espíritu que ha sido desde tiempos inmemoriales. Quizás, en esta era dorada de la eficiencia digital, el mayor síntoma que estemos tratando de curar sea, paradójicamente, nuestra propia aversión a la complejidad humana y a la interdependencia. ¿Y quién mejor que una máquina sin pulso para recordarnos lo que significa estar vivo?
