En algún punto del recorrido vital, parece que la mayoría de los individuos cultivamos una suerte de generosa pulsión por compartir, por iluminar, por desmenuzar las capas de aquello que consideramos digno de explicación. Existe una etapa donde cada hallazgo, cada perspectiva recién adquirida, se siente como un tesoro que demanda ser extendido, una pieza de un rompecabezas que, sin duda, completará la visión de quien nos escucha. Se invierte tiempo y delicadeza en la construcción de argumentos, en la búsqueda de analogías precisas, incluso en la anticipación de posibles objeciones, con la noble esperanza de que el otro, al final del ejercicio, atisbe ese mismo matiz que a uno le parece tan evidente o tan crucial. Es, en esencia, una cortesía intelectual, un ofrecimiento de comprensión mutua.
Sin embargo, los días, invariablemente, traen consigo una serie de observaciones acumuladas. Uno empieza a notar patrones en las respuestas, una curiosa reincidencia en ciertas objeciones que ya fueron abordadas, o quizás, un asentimiento superficial que delata una escucha selectiva. El discurso, que se creía un puente, a menudo revela ser un mero reflejo: el eco que devuelve la propia voz, apenas distorsionada por las expectativas o los prejuicios preexistentes del interlocutor. La energía invertida en tal construcción comienza a parecer desproporcionada con respecto al retorno, o a la ausencia de él. Es entonces cuando se gesta, sutilmente, una distancia.
No se trata de una epifanía dramática, ni de una rendición airada. Es más bien una constatación serena, casi un ajuste de inventario. Uno descubre que el tiempo y la atención son recursos finitos, y que la búsqueda de claridad ajena, si bien encomiable, puede ser un pozo sin fondo cuando la otra parte prefiere nadar en sus propias aguas ya conocidas. Quizás el público, en su sentido más amplio —ese conjunto de mentes a las que nos dirigimos—, ha desarrollado una predilección por la afirmación por encima de la exploración, por la sentencia lapidaria antes que por el matiz. En la era de la opinión rápida y el juicio instantáneo, la paciencia para la disección se ha vuelto un artículo de lujo.
Y así, sin anuncio previo, casi como una decisión tomada por el propio sistema, llega el día. No es que uno se niegue a hablar; es que la necesidad de explicar se disuelve. Los argumentos complejos, los contextos sutiles, los razonamientos en cascada, permanecen en el ámbito de lo no dicho, custodiados en el pensamiento propio, o quizás, reservados para un auditorio futuro que aún no se ha manifestado. No hay aspereza en esta retirada, solo una tranquila resignación ante la evidencia. La conversación, si se da, toma caminos más ligeros, menos exigentes. Se abraza el valor intrínseco de un silencio bien elegido.
Al final, este apacible retiro no es un reflejo de empobrecimiento personal, sino quizás de un enriquecimiento. La energía que antes se dedicaba a desvelar mundos para otros, ahora se invierte en explorar las profundidades del propio. Y curiosamente, en este acto de dejar de explicarse, uno puede empezar a comprender mejor. No al «público», que sigue siendo, en general, tan previsiblemente humano, sino a la propia naturaleza del conocimiento y la comunicación. Porque, a veces, la ausencia de la propia voz revela más sobre el oyente que mil palabras. Y el público, al dejar de ser tan interesante para recibir, se vuelve fascinante por lo que revela en su incomprensión.
