El Enigma Subterráneo y Sus Múltiples Domicilios
El paisaje arqueológico de Qumrán, ya de por sí un laberinto de historia y conjeturas, nos regala una nueva joya… o, quizás, otra habitación en la vasta mansión de los Rollos del Mar Muerto. La noticia, que nos llega con la resonancia de un eco milenario, anuncia el hallazgo de la duodécima cueva que, presuntamente, albergó aquellos textos sagrados. Uno casi empieza a preguntarse si los esenios no sufrían de un peculiar síndrome de ocultamiento múltiple, o si simplemente eran extraordinariamente previsores con su patrimonio literario, diversificando el riesgo en un sinfín de escondrijos rupestres.
Ah, pero aquí reside la sutileza, el giro que invita a una sonrisa contenida. Porque si bien la duodécima caverna ha revelado sus secretos en forma de vasijas fragmentadas y pruebas de que, en efecto, contuvo papiros, los rollos en sí, los ilustres y escurridizos manuscritos, parecen haber iniciado una mudanza silenciosa antes de la llegada de los arqueólogos. Es decir, hemos encontrado el ‘hogar’ donde estuvieron, no donde están. Una distinción que, para el purista, es vital; para el resto de mortales, un amable recordatorio de que la arqueología es, a menudo, el estudio de la ausencia.
La proliferación de estas «casas vacías» para los textos del Mar Muerto nos deja meditando. ¿Qué nos dice esta docena de guaridas sobre aquellos custodios? ¿Fue una estrategia deliberada, un sistema de bibliotecas distribuidas para salvaguardar el conocimiento de manera redundante? ¿O simplemente la expresión de una época donde la seguridad era tan frágil como el pergamino, obligando a constantes reubicaciones y a un juego del escondite a escala bíblica? Casi podemos imaginar a un esenio gruñendo: «¿Otra vez con la mudanza de los rollos? ¿Y ahora a qué cueva, a la 13?».
Quizás, en el fondo, el verdadero tesoro que Qumrán nos sigue ofreciendo no son solo los rollos que ya conocemos ni los que aún soñamos con encontrar. Sino la inagotable promesa de una próxima cueva, la número trece, catorce, o quién sabe cuántas más, que algún día nos revelará su «evidencia de haber contenido» algo. Un monumento a la paciencia humana y a la capacidad de maravillarnos con el envoltorio, incluso cuando el regalo ya ha sido discretamente retirado.
