¿El Ocaso de una Década Prodigiosa? El Adiós a Zapatero como Guía Espiritual del Chavismo
La pregunta que lanza El Mundo con su habitual perspicacia cronológica –¿Es el final de la década prodigiosa de Zapatero como honesto mediador del chavismo?– nos invita a una reflexión que roza lo metafísico. Porque, ciertamente, pocos políticos europeos han logrado sostener con tal persistencia una relación tan peculiar con el entramado bolivariano. Durante diez años, hemos sido testigos de una encomiable labor de diplomacia discreta, de puentes tendidos en el abismo, de una fe inquebrantable en el diálogo como panacea universal, incluso cuando los resultados tangibles se mostraban esquivos para la parte más desfavorecida de la ecuación venezolana.
Nuestro ex-presidente, con su característica mezcla de idealismo y una cierta, digamos, ingenuidad operativa, ha encarnado la figura del facilitador que encuentra la virtud en la propia conversación, sin importar demasiado si esta desembocaba en la liberación de presos políticos o en una mejora sustancial de las libertades. Su papel de «honesto mediador» se ha forjado, con admirable ecuanimidad, entre vuelos transoceánicos y comunicados que siempre apelaban a la prudencia y la comprensión mutua, incluso cuando una de las partes se dedicaba a desoír sistemáticamente cualquier voz que no fuera la propia. Su capacidad para ver matices donde otros solo percibían una monocromía autoritaria ha sido, sin duda, digna de estudio.
Si este anuncio de «El Mundo» augura realmente el fin de esta singular cruzada personal, surge la inevitable cuestión: ¿quién ocupará ahora ese vacío? ¿Quién tendrá la sabiduría para interpretar los intrincados giros del discurso chavista? ¿Quién, con una paciencia casi franciscana, se sentará una y otra vez a la mesa, convencido de que la próxima conversación será, al fin, la definitiva? La ausencia de Zapatero, si se confirma, dejará un hueco irremplazable en el panorama de la diplomacia paralela, ese arte sutil de validar con la presencia lo que la ausencia de resultados debería cuestionar.
Quizás, y esta es la más amarga de las ironías, la verdadera labor de mediación en aquel país aún esté esperando a su primer mediador que no necesite de una década para empezar a vislumbrar resultados más allá de la mera persistencia en el cargo. El chavismo, sin su noble escudero de las buenas intenciones, deberá ahora enfrentarse a una realidad quizá menos comprensiva. O, lo que es más probable, simplemente seguirá su curso, demostrando que, a veces, la ausencia de un mediador es tan ruidosa como su presencia.
