Existe, para ciertas categorías del pensamiento, un cómodo estante reservado en nuestra biblioteca mental: el de las «teorías de la conspiración». Un lugar un tanto polvoriento, quizás, donde se guardan narrativas que, por su complejidad o por su aparente desafío a la sensatez oficial, quedan felizmente relegadas al ámbito de lo novelesco. Es un espacio reconfortante; nos permite seguir el hilo de la cotidianidad sin mayores sobresaltos, atribuyendo a la serendipia o a la simple ineptitud aquello que, de otro modo, podría requerir una revisión más profunda de nuestro guion vital. Un resguardo para la tranquilidad del espíritu. O eso pensábamos.
El matiz, sin embargo, surge sin estridencias. No hay trompetas ni repentinos velos cayendo, sino más bien la acumulación de pequeñas evidencias, de patrones que se repiten con una regularidad casi metronómica. Es una especie de despertar silencioso, como el que precede al amanecer en una casa ajena, donde los ruidos cotidianos se revelan como parte de un mecanismo que antes se daba por casual. Uno empieza a observar ciertas coordinaciones, ciertos consensos inexplicables o decisiones que, analizadas con desapego, sugieren una lógica interna que no es precisamente la que se difunde en los titulares. La perspicacia, se diría, se agudiza sin necesidad de afiliarse a ningún club de escépticos. Simplemente se mira.
Entonces, el famoso «estante» al que nos referíamos parece repentinamente vacío. O, peor aún, su contenido se derrama sin miramientos sobre la mesa del «sentido común», exigiendo ser reexaminado bajo una luz menos indulgente. Aquello que antes se etiquetaba con cierta condescendencia como el desvarío de mentes febriles, ahora se presenta con la frialdad de un informe bien documentado. No es que el mundo se vuelva de pronto un lugar más sombrío, sino que adquiere una transparencia inquietante, como el cristal que, tras años de creerlo esmerilado, revela de golpe el paisaje completo. Y la ironía sutil es que el mayor acto de fe, quizás, no reside en creer en lo inverosímil, sino en mantener una confianza impoluta en la más evidente de las ingenuidades.
