La Metafísica de la Gestión: Cuando el Tribunal Cuestiona la Existencia Cultural
El Tribunal de Cuentas, esa venerable institución garante de la pulcritud financiera y la observancia normativa, ha osado inmiscuirse en la mismísima metafísica de la gestión pública. En su reciente dictamen, y con la frialdad que solo un auditor puede desplegar, ha señalado que Casa Árabe, entidad dedicada a la fina labor de tender puentes culturales, se encuentra ahora ante el espejo de su propia duda existencial: no desarrolla «adecuadamente su finalidad». Y todo ello, curiosamente, tras el período en que Irene Lozano, la que fuera biógrafa de cabecera y política de notable trayectoria, ocupó su dirección. Uno casi puede oír el eco de Platón en los pasillos de un organismo que, habitualmente, se contenta con sumar y restar.
La renuncia a un escaño, gesto de abnegación política, suele augurar una entrega sin reservas a la nueva causa. En el caso de Casa Árabe, se esperaba una nueva era de efervescencia cultural, de diálogos intercontinentales y de profundización en la rica diversidad de las civilizaciones árabes. Sin embargo, el veredicto del Tribunal es implacable en su sutileza: la finalidad no fue «adecuadamente desarrollada». Uno casi podría imaginarse a los auditores, con lupa en mano, buscando huellas de esa «adecuación», quizás en forma de tratados filosóficos traducidos o de exposiciones que trascendieran lo meramente decorativo. Tal vez la misión, en la práctica, se volcó en otras prioridades más… intangibles, o quizás más ligadas a la gestión del personal y las agendas que a la promoción cultural *per se*.
Este episodio nos invita a reflexionar sobre la naturaleza misma de las instituciones públicas y la maleabilidad de sus propósitos. ¿Es posible que la finalidad de una entidad cultural se metamorfosee discretamente, bajo la batuta de una dirección con un perfil distinto al habitual, hacia horizontes menos explícitos en sus estatutos fundacionales? O, peor aún, ¿que el «desarrollo adecuado» sea una quimera inalcanzable para cualquier gestor, cuando la cultura, por definición, se resiste a la métrica fría de los balances contables? Es un desafío considerable intentar cuantificar la esencia de un puente entre civilizaciones con los mismos criterios que se audita una partida de material de oficina.
En definitiva, mientras el Tribunal de Cuentas se esmera en la autopsia de la «finalidad» de Casa Árabe, uno no puede evitar preguntarse si, al menos, la institución no cumplió otra función igualmente vital en el complejo ecosistema político: la de ofrecer un aterrizaje suave y culturalmente enriquecedor para talentos que, de otro modo, hubieran quedado varados en las procelosas aguas del Parlamento. Quizás ese sea el verdadero puente que se tendió, y que, irónicamente, el celo contable no ha sabido contabilizar.
