El Cronista Imparcial: Una Reflexión Sobre la Paciencia del Tiempo
Existe una máxima que nos reconforta en un mundo que a menudo se complace en la ambigüedad y la conveniencia: que el tiempo, con su inercia implacable, actúa como el juez más honesto. No castiga, se nos dice, sino que con una serenidad casi divina, desvela la verdad oculta, decanta los hechos y separa el grano de la paja de la ficción. Es una promesa tan dulce como conveniente, un eco de justicia cósmica que apacigua la impaciencia humana, sugiriendo que, al final, la sentencia inapelable de lo inevitable siempre hará acto de presencia.
Sin embargo, en los anaqueles polvorientos de la historia académica o en las dinámicas cambiantes de la memoria colectiva, uno podría inferir que el tiempo, por sí solo, es un demiurgo bastante perezoso. Si bien no es un verdugo, tampoco es un arqueólogo diligente. Más bien, parece ser un notario paciente que, con pasmosa objetividad, da fe de lo que sobrevive al embate del olvido o, más astutamente, de lo que logra ser recordado. Las verdades que emergen no son tanto el resultado de una revelación espontánea del calendario, sino la culminación de narrativas cuidadosamente construidas, de archivos preservados –o destruidos–, y de la capacidad de ciertos actores para mantener su versión de los hechos a flote a través de generaciones, a menudo silenciando otras voces en el proceso.
Esta fe en el «juez honesto» tiene, curiosamente, sus propias sentencias silenciosas. Mientras esperamos que la arena del reloj se asiente para revelar la nítida silueta de lo ocurrido, ¿cuántos daños colaterales se consolidan? ¿Cuántas injusticias se perpetúan en el largo interregno de la «espera» porque la verdad, aún no oficializada por el tiempo, carece de la legitimidad para actuar? Los vencedores, o simplemente los más resilientes en la narrativa, a menudo se encuentran cómodamente instalados en su versión de los hechos mucho antes de que el «veredicto» de la posteridad sea siquiera articulado, disfrutando de un presente cimentado en una «verdad» provisional que, para cuando sea revisada, ya habrá cumplido su propósito.
Así, la idea de un tiempo imparcial que desnuda el engaño persiste como un bálsamo para la conciencia colectiva. Pero quizás el tiempo no es tanto un juez incorruptible como un hábil curador de museos. Él no crea las exposiciones ni escribe los paneles explicativos; simplemente otorga un espacio privilegiado y una pátina de autoridad a aquellas piezas que, por alguna razón —ya sea su solidez inherente, el vigor de sus defensores o, admitámoslo, la conveniencia de los comisarios—, han logrado sobrevivir al implacable proceso de selección. Al fin y al cabo, incluso la ‘verdad’ necesita un buen gestor de archivos.
