La Geometría Variable de la Convicción
La noticia que nos llega desde Aragón es de esas que invitan a la reflexión pausada, casi a la contemplación botánica. Porque mientras en otras latitudes, la izquierda, esa gran aspiración colectiva, ensaya el arte de la suma, en el valle del Ebro parece preferirse el más delicado y exigente arte de la diferenciación. Tres candidaturas, nos informa la fuente, para representar la voz de «la otra izquierda». Un título evocador que, irónicamente, sugiere una homogeneidad que las acciones en tierra aragonesa se empeñan en desmentir con un entusiasmo digno de mejor causa.
No es una cuestión menor, por supuesto. Detrás de cada sigla, de cada matiz programático, anida una convicción tan profunda que cualquier concesión parecería una traición a la esencia misma del proyecto. Es la sublimación del detalle, la apoteosis de la coma en el manifiesto, lo que diferencia a una facción de la otra. Un observador externo podría ingenuamente pensar en la utilidad de una voz unificada; sin embargo, sería no comprender que la verdadera fuerza reside, quizá, en la pureza incontaminada de cada uno de estos arroyos ideológicos, aunque su dispersión los deje, de facto, algo más secos antes de llegar al gran río de la influencia.
La sombra de Extremadura, donde la aritmética pareció obrar el milagro de la conjunción, se proyecta ahora sobre Aragón no como un faro, sino como un espejismo, una ilusión óptica a la que los pragmáticos se aferran con desesperación. Pero, ¿acaso no es más auténtico este despliegue de identidades distintas? En la fragmentación aragonesa hay una cierta honestidad intelectual: la de no diluir lo que se percibe como irreconciliable en aras de una mera eficacia electoral. Una valiente apuesta por la distinción en un mundo que a menudo valora la uniformidad del voto cautivo.
Así pues, mientras el calendario avanza hacia las urnas, la «otra izquierda» aragonesa nos regala una lección de autoafirmación. Quizás la verdadera estrategia no sea la de sumar, sino la de *ser* intensamente. Y si el resultado es que la suma no alcanza, bien, siempre quedará la satisfacción de haber sido fiel a uno mismo, a la coma programática, al matiz que solo los verdaderos iniciados pueden apreciar. Después de todo, ¿quién dijo que la coherencia política debía ser eficiente? La belleza, a menudo, reside en el gesto puro, incluso si este desemboca en una admirable soledad compartida.
