## La Duodécima Cueva: El Encanto de Encontrar lo Que Ya No Está
En un mundo sediento de revelaciones, donde cada fragmento de papiro o vasija rota parece prometer una epifanía histórica, ha llegado la noticia de la «Cueva 12». Y sí, se une al selecto club de emplazamientos que, en su día, albergaron tesoros incalculables. La gran revelación, por supuesto, es que los Rollos del Mar Muerto que allí se ocultaron ya no están. Fueron, al parecer, despojados por manos menos escrupulosas –y ciertamente menos académicas– en algún momento del siglo XIX. Un aplauso, pues, para la diligencia moderna que, con métodos rigurosos, logra confirmar que otros, hace mucho tiempo, ya hicieron el trabajo pesado de la «recuperación».
El rigor científico actual, con su meticulosa excavación y su paciencia casi infinita, ha logrado documentar con exquisita precisión las huellas de su existencia: fragmentos de cerámica, jarras de almacenamiento e incluso los picos de los saqueadores, que delatan la presencia de aquellos que se adelantaron. Es la prueba irrefutable de que *estuvieron* allí, y *ya no están*. Una suerte de arqueología forense de la ausencia, donde el hallazgo más significativo es, precisamente, la confirmación de un vacío. Es casi como si la cueva misma, después de milenios de silencio, nos contara, con la gravedad de una voz anciana, que su historia más emocionante ya fue contada y sustraída mucho antes de que llegáramos con nuestras brochas y teodolitos.
Esta duodécima adición al mapa de Qumrán nos invita a reflexionar sobre la persistencia humana en dos vertientes: la de ocultar lo preciado con el celo de un dragón, y la de buscarlo con un ahínco que roza la obsesión. Y, en ocasiones, a encontrar con inusual dedicación los vestigios de un éxito ajeno y pretérito: el de los saqueadores, esos primeros «descubridores» que carecían de la paciencia para un catálogo, pero no del olfato para el valor. Hay una poética melancolía en la certeza de un vacío, en la cartografía de lo que un día fue y, por desgracia, ya no es nuestro para contemplar.
Así pues, mientras esperamos con expectación la inevitable «Cueva 13», quizá el verdadero tesoro de estas búsquedas no sean los rollos en sí, sino la constante confirmación de que la humanidad es, desde tiempos inmemoriales, muy buena ocultando cosas. Y, aún mejor, en documentar con un celo admirable que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, algunos secretos prefieren seguir siendo eso: secretos, aun cuando revelamos la exacta ubicación de su antiguo escondite.
