## El Arte del Reproche Ético y Otros Misterios de Estado
La vehemencia con la que Santos Cerdán, figura otrora discreta en los engranajes del PSOE, ha decidido «revolverse» ante los elementos que, según su lectura, amenazan la mismísima médula del Estado de Derecho, es una lección magistral de posicionamiento político. Su contundente «Pregúntese si está usted en condiciones de hacerme a mí un reproche ético» dirigida a un portavoz de su propio partido, no es solo una reprimenda; es una declaración de principios, una suerte de excomunión dialéctica que eleva la autodeclaración de inocencia a la categoría de verdad revelada, inmune a las quisquillosas averiguaciones de la justicia ordinaria o de las fuerzas de seguridad.
Existe, no obstante, una fascinante paradoja en que una voz, tan familiarizada con los laberintos éticos (y pragmáticos) que a veces definen la alta política, invoque la vara de la reprobación moral con tanta energía. Nos invita a reflexionar sobre la intrincada geografía de la conciencia, donde la capacidad de señalar la paja en el ojo ajeno parece ser inversamente proporcional al deseo de contemplar la viga propia. Y es que, en el ajedrez político, la casilla de la pureza ética es a menudo una posición estratégica desde la que se lanzan los ataques más audaces, especialmente cuando las piezas propias se encuentran bajo asedio.
Pero el espectáculo no termina ahí. Cerdán, con una audacia digna de mejor causa, ha ido más allá de los reproches internos para desenmascarar una conjura de dimensiones colosales. El Senado, el Supremo y la UCO, instituciones que hasta hace poco se consideraban pilares de nuestra convivencia democrática, se revelan ahora como meras marionetas en un «golpe judicial contra el Estado de Derecho». Es una teoría con la pulcritud de las grandes narrativas conspirativas: limpia, totalizadora y, sobre todo, exculpatoria. Uno no puede sino admirar la agilidad mental necesaria para transformar un proceso judicial, con sus tediosos plazos y sus engorrosos detalles, en una épica batalla por la salvación de la patria.
Así pues, mientras los tribunales prosiguen con su molesta costumbre de investigar, y los portavoces de partidos sopesan sus palabras, Santos Cerdán nos ha recordado una verdad fundamental del panorama político español: el mayor reproche ético, a menudo, es el que se abstiene de formularse. Y la inocencia, lejos de ser un mero estado fáctico, se configura con mayor contundencia cuando se proclama a los cuatro vientos, blindada contra cualquier injerencia externa que ose confundirla con la responsabilidad. Quizás el Estado de Derecho no necesitaba ser salvado, sino simplemente *re-narrado* por sus protagonistas, al mejor estilo de la ficción política moderna.
