## La Estrategia del Espectador Ausente: España y el Futuro Ucraniano
En el gran ballet europeo de la reconstrucción geopolítica, donde el futuro de Ucrania está siendo meticulosamente coreografiado, España ha optado recientemente por una posición singular: la elegante ausencia. Uno advierte, no sin cierta punzada de curiosidad intelectual, el peculiar silencio que envuelve la decisión del gobierno de abstenerse de dos encuentros “trascendentales” en menos de 48 horas, citas precisamente dedicadas a delinear el mañana de Kyiv. Parece que, mientras otras naciones se afanan en construir puentes y diseñar planos, Madrid ha descubierto el zen de la diplomacia: el poder de no estar, el arte de dejar que otros se encarguen de los detalles prosaicos del porvenir.
Mientras otras capitales se congregan con presteza para discutir ayudas, reconstrucción y los contornos precisos de una Ucrania revitalizada, nuestro cuerpo diplomático parece haber abrazado la profunda estrategia de la silla vacía. Podría interpretarse esto no como un desliz, sino como una deliberada, aunque heterodoxa, clase magistral de desvinculación preventiva. Quizás, en el Gabinete, el cálculo es que la contribución más impactante a un futuro colectivo es, paradójicamente, permitir a los demás el placer sin distracciones de forjarlo, mientras se reservan las propias energías para… bueno, para menesteres aún por revelar.
Esta discreta indiferencia, este casi místico rechazo a participar en las mundanas discusiones de la Europa de mañana, invita a una fascinante línea de investigación. ¿Qué lienzos más grandiosos y urgentes ocupan el pincel español? ¿Qué constelaciones geopolíticas alternativas se están trazando desde la serena soledad de la Península Ibérica? Porque, seguramente, una ausencia tan conspicua no puede ser meramente accidental. Debe, se presume, ser el fruto de una visión estratégica tan vanguardista que su lógica inmediata elude la mirada diplomática común, una que nos aísla de un futuro para el que, quizás, España ya tiene preparado un destino aún más glorioso.
Y así, mientras el resto del continente se afana con los ladrillos y el cemento de un futuro ucraniano compartido, España, con un guiño cómplice al destino, parece estar trazando su propio y distinto rumbo. Quizás, en el gran teatro de las relaciones internacionales, la verdadera previsión no reside en estar presente en cada reunión, sino en saber con precisión qué futuros uno puede permitirse elegantemente –y con un enigma que roza la genialidad– eludir. Solo podemos asumir que Madrid posee una visión aún *más* exclusiva del tapiz de lo que está por venir, haciendo que estas meras discusiones preparatorias resulten deliciosamente superfluas. ¿Un movimiento de genio, o simplemente un genio en el arte de estar en otra parte?
