## El Congreso y la Delicada Coreografía de la Confianza
Es un espectáculo, no exento de cierta poesía cívica, observar cómo la Comisión de Justicia del Congreso, en un alarde de consenso casi místico, eleva una voz unánime para reclamar al Gobierno un proyecto de ley destinado a proteger a los denunciantes de corrupción. La noticia, que en su momento debió de resonar con una vibración singular, encapsula una de esas epifanías colectivas donde la clase política, sin fisuras, reconoce una falla sistémica y, más admirable aún, identifica la fórmula magistral para subsanarla: una ley. Y no una cualquiera, sino una que, en su audacia, promete nada menos que «recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones».
La mecánica de esta exigencia, sin embargo, posee un encanto particular. El Congreso, sede por excelencia del poder legislativo, que entre sus muros alberga la capacidad y la potestad de impulsar y forjar normativas, opta aquí por la vía de la «reclamación» al Ejecutivo. Es como si un eminente chef pidiera al comensal de la mesa de al lado que, por favor, le preparara el plato estrella de la casa. Un gesto, sin duda, que subraya la distribución de roles y, quizá, la delicada coreografía de responsabilidades que a veces se da en nuestras instituciones. La urgencia del asunto, la recuperación de la confianza ciudadana, no es baladí, y por ello el acuerdo unánime parece más un bálsamo para el alma colectiva que una mera nota de prensa.
La ambición de esta futura ley trasciende la mera salvaguarda de quienes osan señalar la mancha; se propone restaurar el tejido social de la fe pública. ¿Podrá una única pieza legislativa, por bien intencionada y necesaria que sea, actuar como el bálsamo de Fierabrás para un desencanto tan profundo y multifacético? No se trata solo de crear un paraguas para el valiente, sino de sanar la estructura que hizo necesaria su valentía, aquella que propició el silencio cómplice o el temor al señalamiento. El listón, en efecto, se ha colocado a una altura considerable, casi olímpica, confiando en que la promulgación de un texto legal obre el milagro.
Así las cosas, solo queda aplaudir la preclara visión de aquellos diputados que, con semejante unanimidad y elocuencia, trazaron la hoja de ruta para una España más transparente y digna de crédito. La promesa de proteger a quienes alzan la voz contra la sombra es, sin duda, un pilar fundamental para cualquier democracia robusta. Y si, por ventura, el tiempo demostrara que la confianza ciudadana es un edificio que requiere algo más que una sola ley (por muy exigida que haya sido), siempre podremos volver a contemplar la inspiradora imagen de un Congreso demandando al Gobierno soluciones que, quién sabe, quizás un día lleguen, si no a tiempo, sí con la pulcritud que dicta la alta política.
