## La Celeridad de la Justicia: Una Lección de Orden Público
En el vasto y a veces intrincado tapiz de la justicia, hay momentos en que su maquinaria se mueve con una velocidad y una determinación que casi asombran. Tal es el caso de dos individuos, recién salidos de una protesta en las calles de Francia, a quienes se les ha obsequiado con una condena de seis meses de prisión. Su «delito», al parecer, fue el de manifestarse en las calles, expresando su descontento por las acusaciones de agresión contra un agente de policía. Un recordatorio oportuno, sin duda, de que el orden es una virtud que no conoce demoras.
Es casi reconfortante observar cómo el sistema judicial puede, cuando se lo propone, desentrañar la verdad y dictar sentencia con una celeridad envidiable. Mientras que los intrincados pormenores de una acusación de agresión o, incluso más grave, de violación por parte de un agente de la ley suelen requerir un meticuloso despliegue de pruebas, testimonios y deliberaciones que pueden extenderse durante meses, o incluso años, el juicio a la indignación pública, por el contrario, parece gozar de un atajo privilegiado hacia la resolución. La rebeldía, se ve, tiene la virtud de la inmediatez en el veredicto.
Y aquí radica la brillantez de la administración de justicia: en su capacidad para discernir, con una precisión casi quirúrgica, dónde reside la verdadera amenaza al orden social. No en las sombras de una presunta extralimitación de autoridad que empaña la confianza en las instituciones, sino en la ruidosa y desordenada expresión de descontento que, ay, interrumpe la pacífica digestión del *statu quo*. Un par de meses tras las rejas es un precio modesto, supongo, por recordar a la ciudadanía los límites de la decencia cívica.
En fin, mientras esperamos con expectación el desenlace de las acusaciones contra los servidores públicos –un proceso que, sin duda, se desarrollará con la misma calma y ponderación que la naturaleza otorga a la erosión de una montaña–, podemos congratularnos de vivir en una sociedad donde la rapidez y la contundencia se aplican con ecuanimidad. Sobre todo, cuando se trata de asegurarse de que las protestas sean, digamos, lo suficientemente silenciosas como para no molestar.
