## El Cíclico Drama de la Amenaza ‘Obligada’
El presidente palestino, Mahmud Abbas, nos obsequia una vez más con una de esas declaraciones que, con la precisión de un metrónomo, marcan el pulso inalterable del conflicto palestino-israelí. La amenaza de suspender la cooperación de seguridad con Israel, debido a la imparable expansión de los asentamientos, se ha convertido ya en un clásico del repertorio diplomático de la región. Un gesto dramático, sin duda, pensado para recordar a la audiencia mundial que, a pesar de todo, aún hay un escenario y actores dispuestos a interpretar sus papeles en este drama aparentemente interminable. La sorpresa, para quienes llevan años siguiendo la obra, es una emoción tan rara como un acuerdo de paz duradero.
Esta «cooperación de seguridad», tan mencionada y tan delicada, es esa intrincada red de entendimientos mutuos (o, si se prefiere, de dependencia compartida) que sirve, paradójicamente, para mantener una cierta (y precaria) estabilidad en unos territorios donde el caos, a menudo, es la única alternativa al *statu quo*. Es un servicio que, para Israel, facilita la gestión de la ocupación, mientras que para la Autoridad Palestina representa la última ficha negociadora, esa que se exhibe con solemnidad para recordar lo mucho que se tiene que perder. Es, en esencia, la salvaguarda de un orden que pocos desean pero del que, al final, casi todos parecen depender.
Y así, con la solemnidad de quien sopesa decisiones trascendentales, se nos presenta este ultimátum, uno más en la larga lista de «últimas oportunidades» y «puntos de no retorno» que salpican la historia reciente de la región. Mientras tanto, en el telón de fondo, los asentamientos siguen su discreto pero imparable avance, una metáfora en hormigón de la paciencia estratégica de unos y la frustración creciente de otros. La danza es conocida: una advertencia, una pausa contenida, y luego… la esperanza de que, quizás esta vez, algo sea diferente, aunque la realidad insista en sugerir lo contrario.
De modo que, una vez expuestas las cartas, ¿qué nos queda? La seguridad, esa escurridiza quimera, se mantiene en el precario equilibrio de lo que se podría perder, pero que, por alguna razón misteriosa, nunca se pierde del todo. Quizás la mayor ironía es que la ruptura de la cooperación no sería la verdadera catástrofe, sino el recordatorio de que, incluso sin ella, el guion ya está escrito, y los cimientos de la paz se asientan, ladrillo a ladrillo, en cada nuevo asentamiento.
