## La Mejor Película Es Muchas Películas: Una Elegía al Gran Consenso
Es una verdad tan universal como el celuloide que el arte, para no marchitarse en la penumbra de su propia genialidad incomprendida, precisa de un público. Una película sin ojos que la miren, sin paladares que la degusten, es, en efecto, un objeto estéril, un eco sin cámara de resonancia. De ahí, quizás, la epifanía contenida en la afirmación de que «la mejor película es muchas películas», una sentencia que encapsula la sabia estrategia contemporánea para combatir tan trágico destino. Porque ya no se trata de crear un monolito inquebrantable, sino de sembrar un jardín de percepciones, donde cada flor, por modesta que sea, encuentre a su polinizador.
Y he aquí donde el ingenio de la industria, con su infinita sabiduría, entra en juego. Porque, ¿cómo se combate la esterilidad artística y se asegura que el semillero cinematográfico florezca en la conciencia colectiva? No con la paciencia de la semilla, sino con el vigor del márketing, aderezado con un toque de legitimidad. Se envían a los premios, por supuesto. Esas inmaculadas estatuillas que, al margen de las nimias cuestiones artísticas, sirven como faros rutilantes para guiar al espectador extraviado hacia «lo que debe ver», o al menos, hacia «lo que está de moda». Y se doblan. ¡Ah, el doblaje! Esa sacrosanta misión de borrar las fronteras idiomáticas no ya por la universalidad del mensaje, sino por la conveniencia de que ninguna sutileza cultural impida que el producto llegue, y se venda, en cada rincón del planeta.
Pero la cúspide de esta estrategia de popularización radica en el lenguaje. En la acuñación de calificativos tan audaces como «la mejor película de la historia». Una etiqueta que, lejos de ser un juicio ponderado de la posteridad, es más bien un eslogan de caducidad programada, una invitación a la urgencia del consumo antes de que la siguiente «mejor película» le arrebate el trono efímero. Así, «la mejor película» no es un monolito inamovible, sino un camaleón que se adapta a la luz de cada viernes, a la taquilla de cada fin de semana. Es, en efecto, muchas películas, o quizás, ninguna en particular, sino la suma volátil de todas las aspiraciones del público.
En este ecosistema donde la esterilidad artística se cura con la transfusión masiva de premios, doblajes y superlativos desbocados, la industria cinematográfica ha logrado una proeza admirable. Ha convertido la búsqueda de «la mejor película» en un juego de sillas musicales, donde todos ganan al menos una vez el título, y donde el verdadero arte, el que quizás jamás necesite un eslogan, observa divertido desde la periferia, consciente de que su propia quietud es la más elocuente de las rebeliones. Al fin y al cabo, para ser «la mejor», a veces basta con ser «una más», o incluso, ser «nadie».
