## La Iluminación del Empleo: Un Giro Copérnico (y Predecible) en Bruselas
Es con un aliento casi místico que recibimos la noticia: Europa, esa venerable dama de principios y convicciones inquebrantables, ha decidido, por fin, despojarse de su túnica de «dogmatismo verde» para abrazar el, no menos sagrado, empleo. Quizás, tras años de dedicación casi monacal a la quimera de un paraíso ecológico sin mácula, alguien en los pasillos de Bruselas ha recordado la prosaica verdad de que las facturas no se pagan con buenas intenciones, y las familias rara vez comen aire puro (por muy CO2 neutral que sea). Una revelación, tan oportuna como un oráculo tras la batalla, que nos pilla, dicen, «muy tarde». Pero ¿acaso la verdadera sabiduría no se mide en la lentitud de su maduración?
Este viraje hacia lo que algunos podrían llamar «sentido común» –una etiqueta tan subversiva hoy como cualquier otra– es, sin duda, un triunfo de la realpolitik sobre la utopía. Europa, con su innata capacidad para la introspección y el reajuste estratégico, ha decidido que, antes de salvarnos del apocalipsis climático, quizás convenga asegurar que haya alguien con capacidad de compra para adquirir los vehículos eléctricos y las bombas de calor que, en su momento, nos salvarán. Es un ajuste de cinturón intelectual, un eco tardío de la máxima de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo, o, en este caso, por la nómina del contribuyente.
Uno no puede evitar admirar la persistencia. Tras una década (¿o dos?) de elevar el «verde» a categoría de catecismo innegociable, la sacralización del PIB y del índice de paro ha vuelto para reclamar su trono. No es un abandono, claro está, sino una «reevaluación», un «equilibrio», una «flexibilización» de los objetivos, eufemismos deliciosos que adornan la inevitable rendición ante la aritmética económica. La pregunta que flota en el aire, no obstante, es si este dogmatismo «verde» fue realmente tan férreo como ahora se le pinta, o si simplemente resultó ser un costoso desvío en el camino hacia la misma encrucijada de siempre: la de comer o no comer.
Celebremos, pues, este giro tardío, esta epifanía pragmática que nos recuerda que, a veces, para ver el camino más directo, hay que dar la vuelta más larga. Y aunque el eco de un «demasiado tarde» resuene con una melodía agridulce, la buena noticia es que, en el futuro, cuando la crisis de empleo vuelva a ser una prioridad ineludible, ya sabremos exactamente dónde buscar: en la columna de los titulares que anuncian un «viraje» hacia lo obvio, tras haber coqueteado con alguna otra noble, aunque económicamente inconveniente, cruzada. La consistencia, al fin y al cabo, es un lujo que solo pueden permitirse quienes no están en Bruselas.
