## La virtud de la calma: Génova y la sublime estrategia de la (muy) gradual separación
El año 2017, para algunos una bruma en el retrovisor histórico, nos legó un episodio de notable perspicacia política en el seno de ‘Génova’. La noticia, entonces, resonaba con un eco de autocrítica constructiva, o al menos, de un muy ponderado reconocimiento de ciertas dinámicas. Se aceptaba, con una templanza digna de estudio y tras negociaciones entre el vicesecretario Fernando Martínez-Maillo y el portavoz adjunto Iñigo Henríquez de Luna, la noción de una «gradual separación y limitación en la acumulación de cargos institucionales de Gobierno y partido». Una revelación que prometía redefinir el paisaje de la meritocracia interna, aunque con la cautela de quien sabe que las grandes transformaciones no se improvisan.
El adjetivo «gradual», en este contexto, no era un mero matiz semántico; era una declaración de principios, una oda a la prudencia. En un mundo a menudo propenso a las prisas y a las exigencias impetuosas de cambio inmediato, el Partido Popular demostraba una comprensión profunda de la psique humana y de la inercia institucional. ¿Por qué precipitarse en la desacumulación de poder cuando la historia nos enseña que las mejores reformas son aquellas que se cocinan a fuego lento, con una paciencia casi geológica? La visión era clara: el ecosistema de poder, tan delicado, no podía alterarse con brusquedad.
La «separación y limitación» misma, propuesta con la delicadeza de quien reordena una biblioteca ancestral, parecía abordar una preocupación de antaño: la excesiva concentración de influencia. Se trataba, entendemos, de promover una regeneración que, aunque sutil en su implementación, era gigantesca en su concepción. Imaginar, por un momento, un futuro donde los engranajes del partido y los resortes del gobierno operaran con una autonomía casi platónica, cada esfera con su propia órbita, liberada de la pegajosa interdependencia. Era un ideal, una meta noble a la que se aspiraba con la solemnidad de un voto monástico, aunque sin la obligatoriedad de un cumplimiento inmediato.
Así pues, mientras contemplamos los años transcurridos desde aquel trascendental acuerdo, y observamos con detenimiento la cristalina arquitectura de poder que hoy nos rodea, no podemos sino admirar la previsión de quienes, en 2017, sentaron las bases para una evolución tan mesurada. La «gradual separación» ha demostrado ser tan gradual que su proceso parece formar parte de ciclos temporales que superan la escala humana, una sutil transformación que quizá nuestros descendientes, en un futuro distante, puedan apreciar en toda su magnitud. La visión del Partido Popular, en su infinita sabiduría, nos legó no una reforma brusca, sino la promesa de una lentitud perdurable, un monumento a la paciencia que sigue erigiéndose, piedra a piedra, con una firmeza envidiable.
