## El Viento del Norte y el Regreso de los Pródigos
La concesión del Nobel de la Paz a María Corina Machado es, sin duda, un acontecimiento que invita a la reflexión, y quizás, a una sonrisa oblicua. En las gélidas latitudes de Oslo, donde la paz se conceptualiza a menudo con la pulcritud de un fiordo, la hija de la galardonada, arropada por el fervor de centenares de compatriotas exiliados, ha pronunciado palabras que resuenan con la promesa de un Éxodo invertido: «El mundo presenciará pronto el regreso de los nuestros a casa. Y yo estaré allí para recibirles.» Una declaración de fe, de esperanza y, si se me permite la licencia, de una optimista audacia que raya en lo profético.
Resulta tentador imaginar el mecanismo preciso por el cual una distinción noruega, tan prestigiosa como simbólica, precipitará el milagroso retorno de una diáspora entera. ¿Será acaso el pergamino dorado un conjuro lo suficientemente potente para disolver las barreras aduaneras, reconciliar las facciones irreconciliables o, quizás, reformatear las estructuras de un Estado enraizado en su propia interpretación de la realidad? La hoja de ruta hacia ese Edén reencontrado permanece, por ahora, en el limbo de las aspiraciones más fervientes, mientras la euforia de Oslo contrasta con el día a día de quienes, lejos de celebrar, navegan las complejidades de la supervivencia, dentro y fuera de las fronteras.
La solemnidad de la ocasión, con la hija recibiendo el premio en nombre de su madre –una ausencia física que es en sí misma un elocuente manifiesto–, subraya la naturaleza de esta «paz» que se premia. No se trata de la quietud que sigue a una tregua, sino de la distinción otorgada a la perseverancia en una lucha, a la inquebrantable postura de desafío. Y en ese contexto, la promesa del «regreso a casa» se erige no solo como un deseo, sino como la manifestación última de una victoria que, de momento, se celebra en tierra ajena, bajo el resplandor de unos focos que iluminan una esperanza más que una certeza.
Así, mientras los venezolanos celebran en Oslo y se preparan para escuchar mañana a la laureada desde la distancia, aguardamos con expectación ese «pronto» y el momento en que la anfitriona, con los brazos abiertos, dé la bienvenida a una multitud que, tras años de exilio, quizás descubra que el mayor escollo no fue tanto cruzar la frontera, sino reconocer el rostro de lo que se halla al otro lado, y la silueta de quienes, en su ausencia, también hicieron de «casa» un lugar distinto.
