## Adiós al Bardo del Botellón: Cuando Nietzsche conoció la distorsión
La noticia, o quizás la revelación, ha llegado con la solemnidad que merecen los grandes epitafios: Robe Iniesta, el líder de Extremoduro, se erige póstumamente no solo como músico, sino como el gran «filósofo musical» de una era, un pensador que, según la crónica, tuvo la osadía de «atropellar a Nietzsche a lomos de Extremoduro». Una afirmación audaz, ciertamente, que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la sabiduría y su canon en un tiempo donde el panteón intelectual parece haberse mudado del claustro universitario al escenario de un festival.
Distante de la aséptica dialéctica platónica o la minuciosa construcción kantiana, la «filosofía» de Iniesta se forjó en el fragor de la carretera, en los acordes distorsionados y en la crudeza de letras que destilaban rabia y ternura a partes iguales. Era una sabiduría visceral, que no se destila en tratados, sino que se escupe en estadios repletos, un existencialismo de barra de bar adornado con metáforas de desamor y desengaño. Si Nietzsche pregonaba el *Übermensch* y la voluntad de poder desde el púlpito de la academia, el *superhombre* de Plasencia, en lugar de blandir un martillo, empuñaba una guitarra eléctrica, quizás menos sutil, pero innegablemente más ruidosa y, para algunos, curiosamente más directa. No buscaba la verdad en el abismo de la razón pura, sino en el abismo de una resaca.
No podemos negar la resonancia. Las letras de Iniesta fueron un espejo, un lamento y un grito para varias generaciones que encontraron en ellas la articulación perfecta de su propia rebeldía, de su desasosiego y de su inquebrantable deseo de libertad. Pero, ¿era una filosofía *nueva* o una potente amplificación de la angustia y el éxtasis ya existentes? Tal vez su mayor mérito no fue inventar pensamientos, sino hacerlos vibrar con una intensidad y una honestidad brutal que pocos tratados académicos logran, convirtiendo el lamento existencial en un coro de miles de voces.
Así que sí, despidamos al «gran filósofo musical» y celebremos su consagración apócrifa. En un mundo sediento de respuestas fáciles y verdades masticadas, Iniesta ofreció la sabiduría del grito, del desgarro y del «rock transgresivo», un consuelo sonoro para almas que preferían la descarga eléctrica a la lenta combustión de un silogismo. Quizás, después de todo, Nietzsche se lo merecía. Una patada en las posaderas, un despertar a golpe de distorsión, para recordarle que la vida, a veces, es demasiado ruidosa para ser solo pensada, y demasiado simple para ser únicamente complicada.
